Mi semana empezó en modo atleta olímpico, pero con el presupuesto de alguien que solo quiere sobrevivir a la rutina! El domingo decidí que era una excelente idea desempolvar la bicicleta. Terminé pedaleando unos intensos 17 kilómetros en exactamente 1 hora con 7 minutos. Al principio me sentía la reina del Tour de Francia, pero para el kilómetro quince mis piernas ya estaban enviando señales de auxilio directo a mi cerebro.
Por eso, el lunes mi cuerpo no pedía clemencia, exigía misericordia. Me arrastré hasta la clase de stretching con la esperanza de recuperar la dignidad y la movilidad. Terminé doblada en posiciones que ni sabía que existían, descubriendo músculos que no venían en el mapa anatómico básico. Salí de ahí flotando, sintiéndome flexible y lista para comerme el mundo.
Esa ilusión duró poco. El martes me calcé los zapatos para correr y salí a conquistar el asfalto. Fueron 6 kilómetros de pura fuerza de voluntad. Mientras avanzaba, me cuestionaba seriamente mis decisiones de vida, pero llegar a la pared de LPG me dio un subidón de energía inexplicable. Tres días, tres disciplinas y un montón de endorfinas acumuladas. Si esto no me da superpoderes, al menos me garantiza dormir como un bebé. Vamos por mas!