Corrí de nuevo al templo tan rápido como me lo permitieron mis piernas; tanto fue así que el eco de mis pasos retumbó en el pasillo hasta llegar al enorme salon que solo era iluminada por la gentil luz de las antorchas solo para alertar al profesor y a su asistente. Cuando llegué, los interrumpí con todo mi cuerpo en alarma.
—¡Profesor, profesor! Ahí viene un grupo de personas molestas, algunos vienen uniformados —les advertí.
El profesor, con poco interés, apenas me miró y le dijo a su asistente:
—Me imaginé que no sería suficiente.
A lo que ella respondió:
—Debió ofrecer más profesor.
Luego continuaron deduciendo los símbolos en la base de la puerta, una estructura gigantesca totalmente de piedra, con grabados que no pertenecían a ninguna civilización conocida y a la que, desde que tengo memoria, jamás se había logrado traducir.
—Creo que llegarán en pocos minutos —repliqué, intentando que tomaran importancia de lo que se avecinaba.
Me siguieron ignorando. Ella sostenía una especie de documentos y pergaminos que incesantemente comparaba con los símbolos en el suelo. Entonces dirigí mi mirada a las paredes. Mi poca experiencia no pudo deducir con precisión lo que vi, pero sí pude entender lo que querían decir: las escrituras nórdicas respetaban las puertas, los griegos les temían, los romanos las condenaban; solo los sumerios parecían explicar algo sobre los símbolos en el piso. Ojalá lo hubiese sabido en ese momento.
Mi concentración se vio interrumpida cuando escuché al doctor decir de manera alterada:
—¡Ya está!
imagen realizada con inteligencia artificial por autoría propia
Comenzó a empujar los símbolos con un orden y una precisión tales como si lo supiera desde antes, y su mirada inexpresiva mostraba que nada ni nadie lo iba a sacar de esa concentración. El eco de centenares de pasos comenzó a llenar las paredes del pasillo desde la entrada, justo cuando un pequeño temblor empezó a desprender el polvo de los antiguos muros. Un ruido pesado de piedras retumbó en todo el templo, dejando a la vista la oscuridad que tenía quién sabe cuántos milenios allí encerrada donde la luz no pasaba más allá del umbral, como si lo tuviera prohibido.
Y del fondo de la habitación oscura, se escuchó una voz tierna y casi infantil, la cual dijo:
—Gracias por abrir las puertas... Tenía demasiada hambre.