La carroza avanzaba suave por el camino de piedras. Era una mañana soleada a pesar de haber llovido en la noche. Miré a mi hija, fascinada con el paisaje, con el sonido de los cascos de los caballos y el cantar de las aves.
De pronto, la carroza se detuvo casi repentinamente. Mi hija y yo nos asomamos por las ventanas para ver a un enorme ogro de cara pesada y gesto cansado, pero que aún conservaba su descomunal fuerza; estaba cumpliendo su función, bloqueando el camino. Al verme, hizo un gesto bastante conocido para mí: agachó la cabeza.
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En ese preciso momento, escuchamos un aleteo pesado, muy pesado, arriba de nosotras. Mi princesa levantó la mirada y, sorprendida más que alegre, me dijo:
—¡Mami, mami, mira!
Y así lo hice. Al dirigir mis ojos al cielo para descubrir la razón de semejante aleteo, entonces lo vi: un pegaso negro, con un pelaje azabache muy brillante, que revoloteaba en círculos encima de nosotros. Yo, tratando de salir de mi asombro, le dije a mi hija:
—Cariño, eso es un pegaso negro. Si los pegasos blancos son muy difíciles de encontrar, el pegaso negro es casi imposible; a veces pasan generaciones enteras sin que lo vean.
El ogro, que no se dejó llevar por el asombro porque entendía la situación, nos dijo:
—Eso quiere decir que los viejos tiempos volverán, ¿cierto, su majestad? Comenzará de nuevo.
Asentí con la cabeza. El ogro se encogió de hombros y se dispuso a quitar el enorme tronco del camino. Luego, dirigí mi atención a mi hija, que me jalaba el traje mientras decía:
—Mami, mira cómo vuela encima de nosotras, es muy hermoso.
—Sí, cariño —le respondí—, es una criatura misteriosa y majestuosa.
—¿Crees que algún día lo podré montar? —me preguntó.
Al escuchar eso, la sonrisa se borró de mi rostro. Un asombro escalofriante se apoderó de mí mientras volvía a dirigir mi mirada al cielo, donde seguía revoloteando el pegaso negro.