Un recuerdo inolvidable este paseo por los Alpes Suizos que disfruté un montón porque logró que regresara a momentos de mi niñez.
¡Les cuento! Desde pequeña seguía mucho un dibujo animado de una niña huérfana que la llevaron a vivir con su abuelo, un ermitaño con su herrrrrmosa y acogedora cabaña en lo alto se los Alpes Suizos. Pues bien, la niña Heidi tenía unos cachetes siempre rosados por el frío de la montaña; ¡yo quería tenerlos igual!, mi madre, viendo mi afán de parecerme a la niña de la pradera y el de ella por alimentarme con esos vegetales que aburren parte de la infancia, aprovechó para convencerme que comiera mucha remolacha para que mis cachetes fueran tan rosados como los de Heidi. Claro!, al transcurrir el tiempo, ese tiempo en el cual nos percatamos que todos los personajes inventados en nochebuena, dientes caídos, y todos los demás, son nuestros padres quienes recurren a ellos. En este caso fue la remolacha como maniobra materna para lograr que comiera tan importante fruto colorido!
En este viaje por las montañas suizas, llenas de nieve, logré ver mis cachetes rosados por el -2 grados que había en ese momento. Corrí a buscar un teléfono público y llamar a mamá, y con ella, festejar!
Llegué a los Alpes Suizos buscando a Heidi y a su amigo Pedro... reencontrándome con lindas imágenes en mi mente y recrearla rica leche recién ordeñada con pan caliente digno de los niños con cachetes rosa! .