¡Hola! Qué gusto saludarlos en este momento tan especial y lleno de cariño, que estamos compartiendo aquí, dándole forma a este homenaje tan hermoso para Alfredita que recién cumplirá 97 años.
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Hay una línea invisible donde el cuerpo cede, pero el alma se rebela. Ella cruzó esa línea hace mucho tiempo, no para avanzar hacia el invierno, sino para dar la vuelta y regresar al principio, a ese lugar sagrado donde se es niña para siempre, su juventud actual no es un capricho del destino ni un simple rasgo de su carácter; es un pacto directo entre su fe y su libertad.
Ella se niega a dormirse porque el mundo tiene demasiado color como para mirarlo con los ojos cerrados.
Mientras el tiempo insiste en inclinar los hombros de los hombres, ella desafía las leyes de la gravedad y de los años, definitivamente es sorprendente verla mirar la copa de un árbol y, en lugar de calcular la sombra para recostarse un rato, ella calcula el ascenso para subir a el y probar sus frutos.
Hay un vigor extraordinario, casi místico, en sus piernas que no se cansan de caminar y en sus manos que aún encuentran alegría en los oficios diarios, transformando la rutina en una forma de agradecimiento vivo. Cuando sube, cuando camina, cuando limpia, no está cumpliendo una tarea: está celebrando que está viva.
Su secreto no es un misterio para ella, con la sencillez de los sabios, lo resume en una sola verdad absoluta: «Todo esto me lo da Dios». Y se nota, hay una gracia divina en la forma en que habita su cuerpo, una ligereza que solo poseen quienes han aprendido a entregar sus cargas al cielo, su fuerza no proviene de la carne, sino de una fuente inagotable de gratitud que la renueva cada mañana.
Pero quizás su mayor milagro no es su asombrosa energía física, sino la generosidad de su presencia, ella es un refugio andante, no importa quién se acerque, jamás encuentra el silencio frío de la indiferencia; siempre hay una palabra en su boca, un saludo, un consejo o una bendición tejida con hilos de ternura.
Es un alma profundamente agradable, de esas que sanan los lugares con solo sentarse en ellos, su alegría no es ruidosa ni artificial; es la paz de quien ha vuelto a ser niña porque ya no tiene nada que demostrarle al mundo.
Verla es entender que la vejez es solo una convención humana, ella camina por la tierra con los pies firmes, pero con el corazón suspendido en una infancia eterna, sostenida por la mano del Creador, recordándonos a todos que la vida no se mide en los años que se acumulan, sino en el vigor con el que el alma decide seguir viviendo.
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Qué bonito es poder compartir con esta hermosa comunidad las bendiciones que Dios nos regala día a día.
Nos vemos muy pronto para seguir compartiendo más vivencias e historias que nos llenan el alma. ¡Un abrazo enorme y que Dios los bendiga grandemente!