La joven ostenta una figura bien cuidada, piel de porcelana y el cabello de un negro azabache con vestigios marrones, un pecho opulento y un café en los ojos capaz de despertar del letargo más profundo. Está en sus incipientes veintitantos, pero discierne de la misma forma que puede hacerlo una mujer que ha llegado a las cuatro décadas. Su gusto musical difiere de la edad. Tiene un tempo interno más sosegado y parsimonioso, como el de un sabio. Lleva, por decirlo coloquialmente, el alma añejada.
A temprana edad, volcó su mirada sobre sí, dedicándose a escuchar esa sintonía interna que para sus contemporáneas era solo un ruido sin trascendencia. Tenía una inteligencia aguda, virtud que le dio dulces y amargos en su vida; sembraba asperezas entre los perezosos cognitivos y elogios entre los intelectuales. Su prodigiosidad es un secreto a voces.
Pese a su bagaje intelectual, jamás aspiró a un puesto académico; quería exprimir la vida y llegar hasta el hueso de su experiencia subjetiva, quería conocerlo todo, ser todo, era una inagotable fuente de curiosidad vital y quedar supeditada a un escritorio burocrático equivalía al suicidio. Era una mujer discola en toda la regla. No hay dique que soporte el caudal interno de la joven.
La calidez de su alma no hace sino confortar a quienes se rodeean de ella. En cada conversación consigue sacar lo mejor de todos, inyectándoles vitalidad. Su existencia era la cita personificada de Fellini: ¡Es preciosa, joven y antigua, una niña y a la vez ya una mujer, auténtica y alegre! No hay duda de que ella es su salvación.
Nuestra niña-adulta realiza un escrutinio por el mundo, como queriendo desentrañar una verdad oculta a simple vista.