¡No lo intentes! (Poesía de Protesta)
No lo intentes.
¿Para qué molestarse,
si nada ha cambiado
y parece que nada cambiará?
La esperanza es solo una palabra en el diccionario.
Infinitas batallas hemos perdido
contra el Gran Hermano
ese que al principio enamoró a las masas,
prometió calles de oro,
edificios de diamante
y ríos de petróleo negro
oculto en las entrañas de nuestra tierra.
Como un profeta ascendió
hasta lo más alto del poder,
pero, como todos,
se quitó el traje de cordero
y mostró al lobo feroz
ese que mantiene cautiva
a la niña inocente
que solo quería hacer feliz
a la persona que más amaba.
Nos tira migajas
desde sus palacios de oro,
erguidos sobre la tierra
que hoy está cubierta de sangre.
Armó su trono con huesos,
y su música favorita
son las voces silenciadas.
El miedo es la nueva moneda del país,
y el hambre, su ejército más fiel.
Nos grita desde su balcón:
“¡No lo intenten!
Esto es lo mejor,
soy bondadoso,
y les doy todo y más.”
Fieles corderos aplauden,
entran en trance con sus palabras,
las escuchan atentos,
ciegos de su alrededor.
Si despiertan, será peor:
la pesadilla disfrazada de ficción
que aún viven
se volverá insoportable.
Pero algunos deciden no escuchar
el mantra favorito de la opresión:
“no lo intentes.”
Y aun así, seguimos aquí.
Golpeados, sí.
Cansados, sí.
Sabemos que todos los imperios caen,
incluso los que cubren con su sombra más oscura
hasta los que están fuera de sus fronteras.
Pero la chispa del fuego
que los hará arder
está por encenderse.
Porque aunque nos robaron tanto,
no lograron apagar
el rumor secreto en las calles,
ese murmullo que crece,
que se multiplica,
que tarde o temprano
se volverá grito.
Y entonces
la niña sea libre,
y nosotros volvamos a creer
que todavía vale la pena luchar.
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