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Miriam sintió que las lágrimas empezaban a salirse sin que ella pudiera detenerlo. En su pecho se mezclaba una mezcla de impotencia, desesperación y angustia. Se sentía presionada, acorralada, devastada; se sentía sola en un mundo donde la gentileza, la amabilidad, la humanidad misma se había ido al carajo.
El dinero se había acabado; el trabajo en donde ella se encontraba era de puras comisiones y pagaban fuera de tiempo. Además, debía lidiar con los malos humores de todos los habitantes de la casa; ella no podía permitirse tener mal humor. Sentía que si explotaba, el infierno se desataría. Se imaginó a sí misma finalmente perder el control, gritar, tomar algún objeto y golpear sin cesar a la persona. Se imaginó la rabia pura quemándola por dentro; se imaginó hasta los titulares.
Estaba muy consciente de las consecuencias que acarrearía una reacción de extrema violencia. Por ello solo le restaba llorar, porque sentía que hasta rezarle a Dios y a toda divinidad disponible no la iba a ayudar mucho a salir de aquella casa, de aquella familia y sus conflictos eternos, de las deudas contraídas en tiempo de vida de su abuela que se encontraban en su mismo nombre. No podía refugiarse en sus amistades; éstas tenían sus propios problemas, y escucharla ya de por sí era desgastante. No se lo decían, pero ella se daba cuenta de inmediato por sus rostros.
Por supuesto, Miriam hacía esfuerzos monumentales por no centrar las charlas en ella misma cada vez que acudía a una reunión de amigos; de hecho, procuraba hablar de su trabajo como freelancer y de su decisión de retomar la docencia. Ya ni siquiera hablaba de sus sueños, sus esperanzas, sus ilusiones, sus proyectos ni nada; en ello había tan poco interés que optaba por no hacer mención de ello. Lo supuso cuando la gente cambiaba abruptamente de tema, sobre todo las personas que conocía desde sus épocas de estudiante de preparatoria.
Entendía, ya a sus 40 años, que el origen de este tipo de actitudes fueron sus propias quejas de problemas familiares; por eso con esfuerzos descomunales evadía ese tema y los centraba en su vida laboral, que era nula debido a que los últimos 15 años de su vida los había centrado en el cuidado de su difunta hermana, aunque se dedicaba a realizar trabajos pequeños como freelancer en el área de la redacción y edición. Aquello la ponía en desventaja frente a trabajos formales, en donde ya pedían número de seguridad social a la mano. Y ni qué decir de su edad: a pesar de su experiencia en el área, los reclutadores la descartaban en automático debido a que preferían a gente más ágil y más joven.
Cerró los ojos y suspiró. Las lágrimas se liberaron de su prisión, aprovechando la soledad de las habitaciones.
Deseó en ese instante morir y volver a nacer. Deseó que existiera la magia de volver a alguna época de su vida y advertir a su yo más joven que estaría cometiendo muchos errores de los cuales se arrepentiría. Deseó no haberse endeudado para ayudar a su abuela. Deseó haberse marchado de casa a la primera oportunidad y vivir su vida en paz, aunque sabía que aún tenía una obligación moral con su madre, una mujer esquizofrénica cuyo rencor y desprecio hacia sus padres era más fuerte que el cariño hacia ella y su hermano.
De repente deseó no tener ninguna obligación con ella y afrontar las críticas con naturalidad de alguien que entendía que había cierto tipo de personas de las que era mejor mantenerse alejadas. Quizás no abandonarla del todo, pero sí verla a la distancia; era, en su opinión, la opción más sana.
Pero el hubiera no existe. No había magia, no había viajes en el tiempo. Solo la aplastante realidad de estar sola en un mundo deshumanizado que estaba al borde del colapso. Se sentó en el suelo, en un rincón de la habitación de su hermano, con el sonido de su abanico como su única compañía; las lágrimas continuaban saliendo, llorando no solo por su yo de ahora, sino por aquella niña que solo quería un abrazo de sus padres que la hubieran protegido del mundo con uñas y dientes.