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El peso del ojo
La cuchilla, fría y menuda, descansaba entre las páginas de "Corazón delator" como una promesa olvidada. Clara la conocía bien, la había acariciado en las largas vigilias, sintiendo su filo como un susurro de acero contra la yema de sus dedos. Era un objeto que pertenecía al mundo de las sombras, aquel donde las voces, sin timbre ni procedencia, dictaban sus sentencias.
Frank, su marido, la observaba desde el umbral del dormitorio. En su mirada se leía una mezcla de compasión y fatiga. Él, el hombre bueno, el que ordenaba sus en pastilleros de colores y anotaba las citas con el psiquiatra, era ahora el carcelero de su mente. Clara lo sabía, cada gesto suyo, cada palabra mansa, era un cerrojo más que se deslizaba sobre la puerta de su libertad. No comprendía que ella ya no habitaba en el mundo de los vivos, sino en un intersticio donde la muerte de su madre, era el único faro. Las voces se lo habían revelado, había sido ella, su mano la que había soltado la cuerda, la que había cerrado la ventana ante el rostro de su madre cuando esta buscaba el aire. El anciano del cuento de Poe, con su ojo de buitre, la había instigado desde las páginas, y ahora ella, como él,solo deseaba la paz del silencio eterno.
Esa mañana, el cielo amaneció plomizo, como un párpado cerrado. Clara se levantó sigilosa, tomó el libro y salió sin hacer ruido. No llevaba abrigo, el frío del cementerio se le anidó en los huesos mientras recorría la avenida de cipreses, pero no lo sintió. Su corazón, ya casi sin pulso, latía al compás de la obsesión. Al llegar a la losa de mármol donde yacía su madre, se arrodilló. La superficie estaba húmeda y áspera. Se tendió sobre ella, abrazando el libro contra su pecho, como si abrazara el único testimonio de su crimen.
Allí, en la soledad de las lápidas, el llanto brotó como un torrente contenido durante años. —Perdóname. Susurró contra la piedra. —Las voces... el viejo... me obligaron a desprenderme de ti. Eras lo único que me unía a la vida, y yo... yo te arranqué.
La confesión fue un alivio, pero también el vacío de un alma atormentada. Poco a poco, el cansancio fue adueñándose de sus miembros, cerró los ojos, para esperar la llegada definitiva de la noche que la reuniría con su madre.
Frank la encontró así, casi en la penumbra del anochecer. Su figura, larga y desgarbada, proyectaba una sombra que parecía abrazar la tumba. Clara sintió su presencia como una intrusión grosera en su agonía. Él la levantó con una ternura desesperada, sus brazos, fuertes y seguros, la envolvían mientras le susurraba palabras de auxilio que ella no quería oír. Para Clara, aquel gesto no era un salvamento, era el secuestro que había sufrido hace años, solo en su mente. Él quería devolverla a la vida, a la jaula de las pastillas y los psiquiatras, a la rutina de la razón. En su delirio, Frank no era su esposo, sino el verdugo que había venido a recluirla nuevamente en su propio cuerpo.
Justo cuando el cuerpo de él la ceñía contra su pecho, Clara recordó el filo oculto en el libro. Con un movimiento que parecía no pertenecerle, una fuerza que manaba de las profundidades de su demencia, extrajo la navaja y, en un arco impreciso, la hundió en el cuello de Frank. El acero penetró con una facilidad aterradora. Él no tuvo tiempo para un grito, solo para un estertor ahogado. Su peso, ya inerte, se derrumbó sobre ella y la herida, abierta y sangrante, quedó justo sobre la boca de Clara, que yacía, con los ojos abiertos y sin luz.
La sangre, caliente y espesa, comenzó a manar en un torrente incesante. Clara no se movía, sintió que el último latido de su propio corazón como latido quebse extingue, mezclado con aquel río ajeno que le invadía la garganta. Ya no había voces, ni viejos, ni ojos acusadores. Solo el silencio absoluto de la tumba.
CUENTO DE @camelia28