El cúter corta el papel tapiz del dormitorio con un chasquido limpio. Empecé a despegarlo esta tarde porque la pared parecía ahuecada en la esquina, como si el pegamento se hubiera secado mal. El tirón inicial saca una tira larga, dejando ver el yeso grisáceo de abajo. Sigo tirando. El papel está duro, pero cede a tirones secos. De pronto, la cuchilla tropieza con algo que no es pared. El corte no suena a cartón; suena a tela rasgada. Detrás de la tira que acabo de levantar no hay ladrillo. Hay un hueco estrecho, vertical, iluminado por una luz amarillenta y sucia que no viene de mi velador.
Me inclino sobre la grieta. Al otro lado hay otra habitación idéntica a la mía, pero vista al revés. Veo el respaldo de mi cama, la mesa de luz y a alguien de espaldas, agachado frente a la pared, sosteniendo un cúter en la mano derecha. Me quedo inmóvil, aguantando la respiración. La figura del otro lado se traba de golpe. Lentamente, comienza a girar la cabeza hacia el hueco que acabo de abrir.
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