Julia llega a la casa de su tía una tarde de noviembre, cuando el cielo comienza a oscurecer mucho antes de lo habitual. La vivienda se encuentra en las afueras del pueblo, detrás de una hilera de árboles que han crecido sin control y ocultan buena parte de la fachada. Hace años que nadie parece ocuparse del jardín. Las ramas golpean las ventanas cuando sopla el viento y las hojas secas se acumulan contra la puerta principal.
Su tía lleva varias semanas internada en una residencia. Según su madre, necesita descansar y recibir atención después de haber sufrido una crisis que nadie termina de explicar. Antes de marcharse, sin embargo, le deja a Julia una única indicación: puede utilizar toda la casa, excepto la habitación que está al final del pasillo del segundo piso.
Esa puerta debe permanecer cerrada. Julia no entiende la razón, pero tampoco insiste. Al principio, incluso le parece una petición absurda. La casa está llena de habitaciones vacías, muebles cubiertos con sábanas y objetos que pertenecen a otra época. Tiene suficientes cosas que hacer como para preocuparse por una puerta.
Durante los primeros días, la tranquilidad resulta agradable. Julia ordena, limpia y abre algunas ventanas para dejar entrar aire fresco. Por las noches lee hasta quedarse dormida. Sin embargo, poco a poco empieza a notar pequeños cambios que no consigue explicar.
Una taza que deja dentro de un armario aparece sobre la mesa de la cocina. Un libro que coloca en la biblioteca termina sobre su mesita de noche. Una mañana encuentra la puerta de entrada entreabierta, aunque recuerda perfectamente haberla cerrado antes de acostarse.
Julia comienza a dudar de sí misma. El cansancio, piensa. Nada más. Hasta que encuentra la fotografía. Está dentro de un cajón antiguo, debajo de varios documentos y cartas. En la imagen aparece su tía muchos años más joven, sentada frente a la casa. A su lado hay una niña de aproximadamente ocho años. Julia tarda unos segundos en reconocer el vestido. Es suyo. Lo recuerda perfectamente. También recuerda haberlo perdido cuando era pequeña. Pero hay algo que no encaja. Julia nunca recuerda haber estado en aquella casa durante su infancia.
Esa noche llama a su madre. La conversación es extraña desde el principio. Su madre intenta restarle importancia a la fotografía, pero Julia percibe algo en su voz. Un miedo que intenta ocultar. Antes de terminar la llamada, su madre le pide que no vuelva a mirar las fotografías antiguas. Julia no pregunta por qué. A las tres de la madrugada escucha tres golpes. Proceden de la puerta del fondo. No son golpes violentos. Son lentos, suaves, casi educados.
Julia permanece inmóvil en la cama. Sabe que debería ignorarlos, pero una parte de ella necesita comprobar que no está imaginando las cosas. Se levanta y camina hasta el pasillo. La puerta continúa cerrada. Entonces escucha su nombre. No viene desde detrás de la puerta. Viene desde dentro de su propia habitación. Julia se gira rápidamente, pero no hay nadie. Desde esa noche empieza a dormir cada vez menos. Tiene la sensación constante de que alguien la observa. A veces cree ver una sombra cruzando el pasillo. Otras veces despierta convencida de que alguien acaba de sentarse al borde de su cama.
Lo peor ocurre por las mañanas. Julia empieza a encontrar pequeños objetos de su infancia dentro de la casa. Una muñeca que recuerda haber perdido. Un dibujo hecho con lápices de colores. Una fotografía de su madre que nunca había visto. Y una cinta roja que, según su madre, desapareció el mismo verano en que Julia dejó de visitar a su tía. Una noche, finalmente, abre la puerta prohibida. La habitación está cubierta de polvo.
No hay muebles, excepto un escritorio antiguo y un espejo alto, manchado por el paso de los años. Sobre el escritorio encuentra decenas de hojas. Todas contienen la misma frase. No dejes que recuerde. Julia siente que algo se rompe dentro de ella. No sabe qué significa, pero reconoce la letra de su tía.
Debajo de las hojas encuentra un cuaderno. Las primeras páginas hablan de una niña llamada Julia. Una niña que vive en aquella casa. Una niña que tiene ocho años. Una niña que asegura hablar con alguien que vive detrás de una puerta que no existe. Julia sigue leyendo mientras las manos comienzan a temblarle. Las anotaciones cuentan que aquella niña desaparece una noche. La familia nunca encuentra su cuerpo.
Después de la desaparición, la verdadera Julia, la sobrina de su tía, empieza a sufrir pesadillas y episodios de amnesia. La última página está escrita con una letra desesperada. Si vuelve a recordar, la habitación volverá a abrirse. Julia levanta lentamente la mirada. El espejo está frente a ella. Y su reflejo no la imita. Julia permanece quieta. Su reflejo sonríe. Detrás de ella aparece una niña.
La misma niña de la fotografía. La niña levanta una mano y señala la puerta. Julia se gira. No hay nadie. Cuando vuelve a mirar el espejo, la niña ha desaparecido.Pero ahora hay otra persona detrás de ella. Una mujer mucho mayor. Julia tarda unos segundos en comprenderlo. Es ella misma. En la residencia, su tía despierta sobresaltada. Lleva años esperando este momento y, por primera vez, comprende que ya no puede protegerla.
Porque sabe lo que Julia todavía no recuerda. La niña de ocho años nunca desaparece. Julia la reemplaza. A la mañana siguiente, la casa aparece vacía. La policía encuentra las pertenencias de Julia exactamente donde las dejó. Su teléfono está sobre la cama. Su bolso permanece junto a la puerta. No existe ninguna señal de que haya salido de la vivienda. Solo encuentran una fotografía nueva sobre el escritorio.
En ella aparece una niña sentada frente a la casa. A su lado está Julia. Y en la ventana del segundo piso hay una mujer observándolas. La mujer es Julia. Pero parece tener muchos años más. Y detrás de ella, apenas visible en la oscuridad de la habitación, hay otra puerta.
Una puerta que nadie recuerda haber construido.