A las 23:17, el teléfono de emergencias recibe una llamada desde el apartamento 8B de un antiguo edificio situado en el centro de la ciudad. Nadie habla al otro lado de la línea. Durante siete segundos solo se escucha una respiración agitada y, después, el sonido seco de algo pesado golpeando el suelo. La llamada se corta. La inspectora Valeria Montes llega al edificio pocos minutos después y encuentra al encargado esperándola en la entrada. El hombre está nervioso y asegura que no ha visto entrar ni salir a nadie durante la última hora.
El ascensor permanece detenido en el octavo piso y las luces del pasillo parpadean de manera intermitente, como si alguna falla eléctrica estuviera afectando al edificio. Cuando Valeria llega frente al apartamento 8B, golpea varias veces, pero nadie responde. Finalmente consigue entrar con ayuda del encargado y encuentra a Mauricio Ferrer, un abogado de cuarenta y ocho años, tendido junto a la mesa del comedor. Está muerto.
A simple vista, la escena no parece corresponder a un homicidio. No hay sangre, los muebles están en su sitio y ninguna de las ventanas presenta signos de haber sido forzada. La puerta principal está cerrada con llave desde dentro. Sobre la mesa hay dos copas de vino, aunque solo una contiene restos de bebida. Frente a ellas, un reloj digital permanece detenido en las 23:17. Valeria observa cada detalle antes de permitir que los peritos comiencen su trabajo. Hay algo que no encaja, una pequeña irregularidad que todavía no consigue identificar.
El médico forense determina que Mauricio muere por una fuerte intoxicación, pero no encuentra restos de ninguna sustancia peligrosa en la comida ni en la copa que ha utilizado. La ausencia de un arma, de una entrada forzada y de una explicación evidente convierte el apartamento en una habitación cerrada sin respuesta.
La investigación se concentra en cuatro personas. Irene Salvatierra, la exesposa de Mauricio, asegura que no lo ve desde hace seis meses, aunque las cámaras de seguridad demuestran que ha estado en el edificio pocos días antes del asesinato. Tomás Leiva, su socio, reconoce haber discutido con él esa misma tarde por una importante suma de dinero que ha desaparecido de las cuentas de la empresa.
Nadia Ferrer, hermana de la víctima, asegura que Mauricio está preocupado durante las últimas semanas y que piensa denunciar a alguien, aunque nunca le revela el nombre. Finalmente aparece Gabriel Roldán, un antiguo cliente de Mauricio que mantiene una deuda considerable con él y que, según varios mensajes, lo ha amenazado poco antes de su muerte. Todos tienen un motivo posible. Ninguno parece tener una oportunidad clara.
Durante los dos días siguientes, Valeria revisa llamadas, movimientos bancarios, mensajes y grabaciones de las cámaras del edificio. Poco a poco descubre que Mauricio investiga una antigua empresa familiar que quiebra diez años atrás. Entre los documentos de su despacho encuentra transferencias de dinero, cuentas ocultas y varios nombres que parecen haber sido cuidadosamente borrados de los registros. También descubre algo que llama especialmente su atención. Durante las últimas tres semanas, Mauricio recibe llamadas todos los días exactamente a las 23:17. Nunca responde. La noche de su muerte, sin embargo, alguien consigue comunicarse con él.
Valeria vuelve al apartamento y observa nuevamente las dos copas de vino. Entonces comprende que está buscando la respuesta equivocada. No necesita averiguar cómo entra el asesino, sino quién puede provocar la muerte de Mauricio sin encontrarse dentro del apartamento. Revisa las cámaras una vez más y encuentra un vehículo estacionado frente al edificio durante casi tres horas. Pertenece a Tomás Leiva. El hombre finalmente admite que estuvo allí, pero asegura que nunca sube al apartamento. Confiesa que Mauricio lo estaba chantajeando porque había descubierto que había ocultado dinero de la empresa. Sin embargo, Valeria comprende que Tomás miente sobre algo distinto. No es el asesino. Solo intenta ocultar su propio delito.
La verdadera pista aparece en los registros telefónicos. Las llamadas de las 23:17 proceden de un número asociado a una residencia donde vive la madre de Mauricio. El teléfono está registrado a nombre de Nadia. Cuando Valeria la confronta, la mujer intenta mantener la calma, pero ya sabe que sus mentiras comienzan a desmoronarse. Diez años atrás, Nadia falsifica las cuentas de la empresa familiar y desvía dinero durante meses. Cuando la empresa quiebra, deja que su padre cargue con la culpa. Mauricio descubre recientemente los documentos que prueban lo ocurrido y amenaza con denunciarla. Nadia sabe que perderá todo si la verdad sale a la luz.
No necesita entrar en el apartamento para matarlo. Días antes, durante una visita familiar, le entrega una botella de vino aparentemente normal. La sustancia venenosa está escondida en el interior del tapón y comienza a mezclarse con el vino después de que la botella permanece abierta durante determinado tiempo. Nadia sabe exactamente cuándo hará efecto. La segunda copa solo sirve para construir una historia falsa, la apariencia de que Mauricio espera a alguien. Pero comete un error que no puede corregir. Valeria descubre que las llamadas de las 23:17 no son conversaciones reales. Son grabaciones preparadas con anterioridad para obligar a Mauricio a escuchar una voz conocida cada noche. La última llamada, sin embargo, es diferente.
Mauricio sabe que está muriendo. Antes de perder el conocimiento consigue llamar a emergencias. No puede hablar, pero deja abierta la línea durante unos segundos. Cuando los especialistas limpian la grabación y Valeria vuelve a escucharla, detrás de la respiración entrecortada de Mauricio aparece una voz femenina. Es Nadia. La inspectora vuelve a reproducir el audio varias veces hasta reconocer las palabras que permanecen casi ocultas bajo el ruido. La frase es breve, pero suficiente para cerrar el caso. Nadia dice: «Ya está hecho». Cuando Valeria se presenta frente a ella con la grabación, la mujer comprende que no tiene sentido seguir negándolo.
Mientras los agentes se acercan para detenerla, Valeria mira una última vez el reloj detenido sobre la mesa. Ahora entiende por qué Mauricio deja aquella hora como pista. Las 23:17 no indican el momento de su muerte. Indican el momento en que recibe la última llamada de la persona que ha planeado matarlo. Y, sin saberlo, Nadia acaba de dejar su propia voz dentro de la escena del crimen.