A las 03:17 de la madrugada, la comandante Elena Varela se encontraba sola en la cabina de mando de la Erebus, observando las coordenadas que marcaban el rumbo de la nave hacia los límites del sistema Tau Ceti. Después de seis meses de viaje, la tripulación se había acostumbrado al silencio del espacio, a las luces artificiales de los pasillos y a la sensación de encontrarse suspendidos en un lugar donde el tiempo parecía avanzar de una manera diferente. La Tierra había quedado demasiado lejos y todavía faltaban varias semanas para alcanzar el objetivo de la misión. Todo transcurría con una normalidad casi aburrida hasta que una interferencia comenzó a reproducirse por los altavoces.
Elena levantó la mirada y permaneció inmóvil mientras el ruido estático llenaba la cabina. Al principio creyó que se trataba de una falla en el sistema de comunicaciones, pero después de unos segundos logró distinguir una voz femenina entre las interferencias. Era una voz débil, como si quien hablaba se encontrara muy lejos o estuviera intentando comunicarse desde un lugar donde las ondas de radio apenas podían existir. La mujer preguntaba si había alguien allí. Elena ordenó al sistema que identificara el origen de la transmisión y sintió que el estómago se le cerraba cuando apareció la respuesta: la señal procedía del planeta cuatro.
Aquel planeta había sido declarado inhabitable ciento veinte años atrás. La primera expedición enviada hasta allí había encontrado una atmósfera venenosa, temperaturas extremas y tormentas eléctricas capaces de destruir cualquier nave en cuestión de minutos. Los científicos no habían encontrado vida, agua ni rastros de una civilización anterior. El planeta había sido abandonado y eliminado de las rutas de exploración. Sin embargo, la señal continuaba repitiéndose. Lo más inquietante no era su procedencia, sino el hecho de que parecía responder a la presencia de la Erebus.
Minutos después, la pantalla principal mostró una serie de caracteres que se reorganizaron hasta formar un nombre. Elena Varela. La comandante sintió que una corriente fría le recorría la espalda. Nadie fuera de la tripulación podía conocer su posición exacta, y mucho menos alguien que estuviera en un planeta considerado muerto. Antes de que pudiera reaccionar, la transmisión volvió a escucharse. Esta vez la voz pronunció su nombre y dejó una advertencia: no debía acercarse.
Elena pasó los siguientes minutos intentando convencerse de que aquello era algún tipo de error. Revisó los archivos de la misión, los registros históricos y las frecuencias utilizadas por la primera expedición. No encontró ninguna explicación. Cuanto más investigaba, más evidente resultaba que la transmisión no podía existir. A pesar de ello, decidió descender al planeta. Sabía que estaba rompiendo varios protocolos de seguridad, pero había algo dentro de ella que le impedía simplemente continuar el viaje. Era como si la señal hubiera despertado un recuerdo que todavía no podía identificar.
La cápsula atravesó las nubes del planeta entre fuertes sacudidas. Los relámpagos iluminaban la superficie y convertían el paisaje en una sucesión de sombras deformes. Sin embargo, cuando Elena descendió por debajo de las nubes, descubrió algo imposible. En medio del caos existía una zona perfectamente tranquila. Era un círculo de varios kilómetros donde no había tormentas, viento ni ningún fenómeno atmosférico. En el centro se levantaba una enorme torre negra que parecía atravesar las nubes.
La estructura no aparecía en ninguno de los mapas. Tampoco figuraba en los registros de la primera expedición. Cuando Elena se acercó, las puertas de la torre se abrieron automáticamente. El interior parecía pertenecer a otro mundo. Las paredes estaban cubiertas de una superficie metálica blanca y las luces se encendían a medida que ella avanzaba. No había polvo ni signos de abandono. Todo funcionaba con una precisión inquietante. Después de recorrer varios pasillos, comenzó a encontrar imágenes proyectadas sobre las paredes. Al principio fueron paisajes de la Tierra. Luego aparecieron ciudades, hospitales, escuelas y personas. Algunas pertenecían a épocas que Elena reconocía; otras mostraban lugares que todavía no existían.
Finalmente llegó a una sala circular donde una enorme esfera flotaba en el centro. Dentro de ella aparecían miles de acontecimientos posibles. Guerras, descubrimientos científicos, colonizaciones, catástrofes y viajes espaciales se sucedían a una velocidad imposible de seguir. Elena comprendió que estaba frente a una máquina capaz de calcular futuros. Pero la verdadera revelación llegó cuando la esfera comenzó a mostrar la historia de la humanidad. La Tierra aparecía destruida una y otra vez. Las ciudades desaparecían, las poblaciones eran evacuadas y las últimas naves abandonaban el planeta. Después, la imagen volvía al principio y todo comenzaba nuevamente. No era una predicción. Era un ciclo.
La máquina había estado simulando el futuro durante siglos. Entonces Elena descubrió algo todavía más aterrador. Algunas de aquellas simulaciones eran idénticas a recuerdos que ella misma poseía. Lugares que nunca había visitado aparecían en las imágenes con una precisión imposible. Personas que conocía aparecían viviendo acontecimientos que todavía no habían ocurrido. La esfera cambió una última vez y mostró una habitación completamente blanca. En el centro había una mujer sentada frente a una pantalla. Elena observó su rostro y sintió que el mundo se detenía.
Era ella. No una versión parecida. Era su propio rostro, aunque mucho mayor. La mujer levantó la cabeza y miró directamente hacia la cámara, como si pudiera verla al otro lado de la pantalla. Entonces sonrió con una tristeza profunda. En ese momento, el comunicador de Elena comenzó a emitir una señal de emergencia. La Erebus había detectado tres naves desconocidas acercándose al planeta. Intentó establecer contacto con Tomás, pero la comunicación se interrumpió antes de obtener respuesta. Las luces de la torre comenzaron a apagarse lentamente mientras un sonido grave recorría las paredes.
Elena permaneció frente a la esfera sin poder apartar la mirada. Finalmente comprendió la verdad. El planeta cuatro no había sido abandonado porque estuviera muerto. Había sido ocultado porque allí se encontraba la única máquina capaz de demostrar que el universo no era real.
La transmisión tampoco había sido una advertencia. Había sido una llamada. Alguien, desde fuera de aquella realidad, había estado esperando que Elena llegara hasta la torre. La última imagen apareció en la esfera: la Tierra suspendida dentro de una estructura gigantesca, rodeada por millones de otras realidades idénticas. Y entonces, por primera vez, Elena comprendió que quizá las estrellas que había observado durante toda su vida no eran estrellas. Eran ventanas. Y algo al otro lado acababa de abrir una de ellas.