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Cassandra no podía evitar que las lágrimas cayeran sobre sus mejillas mientras escuchaba la misa en la iglesia de Santiago Apóstol.
Era la última misa que escucharía en lo que queda del año. La última vez que pisaría el templo al que había acudido con sus abuelos durante toda una vida. La razón era más que mudarse a un punto lejano: era un adiós a aquellos lugares que recorrió a pie. Era el conocimiento de que, sin sus abuelos, se sentiría más que sola en el mundo a pesar de tener a su madre y a su hermano con ella.
Sola, ante un futuro aterrador.
Esa sensación tan terrible, tan aciaga lo ha estado sintiendo desde los meses previos a la muerte de su abuela. La anciana le había dicho que algo terrible estaba por venir, aunque desconocía que era. Ella también lo había sentido, pero desde el año previo.
Lo preocupante quizás era que ellas no eran las únicas que se sentían así. En las redes sociales había encontrado testimonios de personas que sentían lo mismo. No faltaban las teorías de conspiración que señalaban asuntos como el apagón de un aparato de una institución científica, o de que haya gebte que de repente duerme mejor.
Y más cuando los ultra ricos están almacenando víveres al por mayor.
Cerró los ojos mientras lloraba en silencio. Al fondo, delante del altar, un grupo de mariachi estaba cantándole al Cristo de La Transfiguración, pues ya era la época de los gremios. La ironía de la vida: una despedida entre mariachi.
“El futuro que viene no me gusta nada, abuela”, recordó que le dijera tres semanas previas a su muerte, entre lágrimas. “Ya no habrá tantos empleos, el agua y la comida van a carecer… Y solo Dios sabrá qué es lo que viene”.
Se sentó frente a la fuente del parque, intentando contener las lágrimas, pensando en los viejos tiempos. Ella no tenía empleo desde hace cinco años; se había dedicado a cuidar a su abuela. Ahora, a sus 35 años, debía emplearse rápidamente si quería sobrevivir en medio de un mundo que caminaba hacia algo que pondrá a todos al borde del peligro.
Deseó en ese instante que la muerte se la llevara. No quería ver ese futuro terrible. No quería vivirlo… Pero tampoco quería dejar a su hermano y a su madre en desamparo.
Soltó un suspiro. “Qué sea lo que Dios quiera”, murmuró mientras se encaminaba a casa.