La lluvia golpeaba con fuerza los ventanales del viejo hotel cuando Damián recibió la llamada que cambiaría aquella noche. Eran casi las once y media cuando llegó al lugar y encontró a la policía rodeando la entrada principal. En el tercer piso, dentro de una habitación cerrada desde el interior, habían encontrado muerto a un hombre de unos sesenta años. No había señales de robo ni de una entrada forzada, pero sobre la mesa había cinco copas de cristal, aunque ninguna contenía huellas pertenecientes a la víctima. Damián observó la escena en silencio y tuvo la incómoda sensación de que aquello no había sido un asesinato improvisado. Alguien había preparado aquella habitación con demasiada precisión.
La víctima era Josep Ferrer, un antiguo empresario que llevaba varios años apartado de la vida pública. Según los primeros informes, había reservado la habitación aquella misma tarde y había citado allí a cuatro personas: Estella, Alice y Sergio, además de Damián, aunque este último desconocía por completo que su nombre figuraba entre los invitados. Lo supo cuando encontró una tarjeta sobre la mesa con su nombre escrito a mano. Debajo había una frase que parecía más una advertencia que una invitación: “Todos estarán presentes cuando se descubra la verdad.”
La investigación comenzó a complicarse cuando Damián descubrió que ninguno de los cuatro invitados reconocía haber sido convocado por Josep. Estella aseguraba haber recibido un mensaje anónimo esa tarde en el que se le pedía acudir al hotel porque alguien conocía un secreto de su pasado. Alice había llegado convencida de que se trataba de una reunión relacionada con una herencia. Sergio, en cambio, afirmaba que solo había ido porque Josep lo había amenazado con revelar información capaz de destruir su carrera. Los tres tenían motivos para temerle y, al mismo tiempo, razones suficientes para quererlo muerto.
Lo más extraño era que Josep había dejado preparado un pequeño grabador debajo de la mesa. La policía consiguió recuperar los últimos minutos de audio, pero la grabación terminaba abruptamente antes del asesinato. Se escuchaban varias voces discutiendo y, en medio de la conversación, Josep mencionaba un incendio ocurrido quince años atrás en una fábrica abandonada. Damián reconoció inmediatamente el lugar. Aquel incendio había provocado la muerte de cuatro personas y había sido declarado accidental, aunque durante años circularon rumores sobre documentos desaparecidos y testigos que habían cambiado misteriosamente sus declaraciones.
Al revisar los archivos antiguos, Damián descubrió que Josep había sido uno de los responsables de aquella investigación privada. También encontró los nombres de Estella, Alice y Sergio relacionados indirectamente con el caso. Estella había sido hija de uno de los trabajadores fallecidos. Alice había trabajado para la empresa propietaria de la fábrica y Sergio era hijo del hombre que había dirigido el lugar. Ninguno parecía haber contado toda la verdad.
Damián comenzó a sospechar que Josep había reunido a los cuatro para revelar finalmente lo ocurrido aquella noche. Sin embargo, antes de poder reconstruir los acontecimientos, descubrió algo todavía más inquietante. Las cámaras del hotel mostraban a Estella entrando en el edificio a las diez y cuarenta y siete, seguida de Sergio diez minutos después. Alice aparecía entrando a las once. Nadie más había subido al tercer piso. Josep había muerto a las once y cuarto.
Parecía imposible que alguien hubiera podido asesinarlo sin ser visto. Entonces Damián revisó nuevamente la habitación y encontró una pequeña mancha de barro junto a la ventana. Al abrirla, descubrió una escalera exterior que comunicaba directamente con la azotea. Alguien había utilizado aquel acceso para entrar y salir sin pasar por las cámaras. La sospecha recayó inmediatamente sobre Sergio, cuyos zapatos estaban cubiertos de barro. Pero Damián notó algo extraño: la suela no coincidía con la marca encontrada en la habitación. Sergio estaba mintiendo, pero no por haber cometido el asesinato.
Cuando Damián lo enfrentó, Sergio confesó que había encontrado a Josep todavía con vida y que había discutido con él. Antes de marcharse, Josep le había entregado una fotografía y le había pedido que no confiara en nadie. Sergio había ocultado la fotografía por miedo a quedar implicado. En ella aparecían los cuatro personajes junto a la antigua fábrica. Damián observó la imagen durante varios segundos hasta descubrir algo que los demás habían pasado por alto. Al fondo, detrás de una ventana rota, aparecía una quinta figura. Era Josep. Pero la fotografía había sido tomada después de su muerte.
Damián sintió que el silencio de la habitación se volvía insoportable. Entonces comprendió que el asesinato no había comenzado aquella noche en el hotel. Había comenzado quince años atrás, con el incendio. Y alguien había pasado todo ese tiempo preparando el momento exacto para terminarlo. Cuando Damián levantó la mirada, Estella, Alice y Sergio permanecían inmóviles frente a él. Ninguno hablaba. Ninguno parecía sorprendido. Entonces Damián comprendió la verdad más inquietante de todas: Josep no era el último testigo del crimen. Él había sido el primero en morir.