Fue en un lugar solitario.
No pregunto cómo llegamos hasta allí, ni por qué los dos buscábamos lo mismo sin saberlo. Solo sé que te vi, que tus ojos se clavaron en los míos, y que el mundo, de repente, dejó de existir alrededor.
No hubo una sola palabra. Ninguna.
Solo su mirada recorriéndome de lejos, despacio, como si ya me estuviera tocando. Y yo, quieta, sosteniendo ese calor, dejando que creciera, que se hiciera insoportable.
Se acerco sin prisa, midiendo cada paso, probando si iba a huir. No huí. Cómo iba a huir si ya estaba temblando por dentro, si mi piel pedía a gritos lo que tus ojos prometían.
Cuando estuvo a un paso, levanto la mano. No para tocarme. Solo para sostenerme la mirada un segundo más, para pedirme permiso sin decirlo.
Y entonces, sin mediar palabra, sus dedos rozaron mi mejilla.
Fue como un relámpago.
Todo lo demás pasó en silencio, pero urgente. Sus manos en mi cintura, girándome contra la pared fría, su cuerpo pegándose al mío, su boca encontrando mi cuello, mordiendo, besando, marcando. Y yo, enredando mis dedos en su nuca, arqueándome, ofreciéndome entera.
Nos tocamos como si lleváramos años con las manos atadas. Como si el hambre fuera un animal que al fin soltábamos. Recorrí su espalda, mordí su hombro, le abrí la camisa a tirones. Y él, sin dejar de mirarme, sin hacer ruido, me levantó como quien levanta una promesa.
Después, no hubo después.
Solo su nombre imaginario en mi garganta, solo el ritmo de nuestros cuerpos chocando, buscándose, encontrándose. Solo el calor de su pecho contra el mío, el olor a piel mojada, el gemido contenido que se escapó de mi boca y se perdió en la suya, cómplice, callado, eterno por un instante.
Todo fue salvaje.
Todo fue perfecto.
Y cuando terminó, cuando nuestros cuerpos volvieron a ser dos, solo nos miramos una vez más. Su mano acarició mi rostro por última vez. Y sonrió. Apenas. Y yo sonreí también.
Luego se fue.
Sin una palabra.
Sin un nombre que recordar.
Solo el eco de lo que pasó, la humedad en mi piel, el temblor en mis piernas, y esa certeza honda, hermosa y triste:
Había hecho el amor con un desconocido.
Y había sido lo más real que sentí en mucho tiempo.
Desafortunadamente.