La primera vez que Adrián escuchó el eco, la lluvia escribía fórmulas ajenas en los charcos. Era una lluvia común. Cada gota descendía torcida, como si dudara antes de tocar el suelo. En ese titubeo se dibujaban dígitos invisibles, frases a medio decir, trazos que parecían signos taquigráficos de una voz clandestina.
Adrián nunca había prestado atención a esas ilusiones de agua, pero aquella tarde creyó entender un fragmento. Entre los reflejos temblorosos de un charco en la banqueta se leyó a sí mismo:
«La mentira no necesita boca, es un parásito que se propaga solo.»
El hombre se detuvo, con el cansancio de la oficina pegado al cuerpo como una costra. Subía las escaleras del edificio con el maletín colgando, repitiendo la frase que llevaba horas ensayando: «Hoy llegaré temprano». Quería sonar convincente, incluso alegre, como si la rutina no le pesara tanto.
Pero antes de que el aliento se volviera palabra, el aire murmuró con voz de nadie y de todos:
—La verdad es el camino de los valientes, la mentira el de los cobardes.
Se detuvo en seco. El pasillo, iluminado apenas por una bombilla temblorosa, pareció reírse de él con destellos amarillentos. Las baldosas crujieron bajo sus zapatos como dientes cariados.
Adrián se llevó la mano a la garganta. Aquel eco no había salido de sus labios, lo sabía bien, y sin embargo lo había sentido tan cerca como si alguien hubiera hablado desde dentro de su boca.
Al abrir la puerta del apartamento, encontró a Teresa en la cocina. Estaba tejiendo una bufanda, pero los hilos se deshacían apenas tocaban el aire. Cada hebra que se evaporaba dejaba un olor dulzón, como panela derretida. Las agujas brillaban como si sangraran luz líquida.
—¿Dijiste algo? —preguntó ella sin levantar la vista.
Adrián quiso negar, pero las palabras se le quedaron atrapadas en la garganta, como peces muertos.
El vecino del 4B golpeó la pared con violencia.
—¡Bajen esas cuentas, que no dejan dormir! —gritó, como si los susurros del aire fueran una radio mal sintonizada.
Teresa arqueó una ceja, pero no dejó de tejer. Adrián, en cambio, sintió que el mantel a cuadros de la mesa se manchaba, como si las figuras geométricas se derritieran. Por primera vez pensó que incluso los objetos lo acusaban.
«El mundo se está descosiendo», se dijo.
Durante semanas, Adrián intentó convencerse de que los ecos eran alucinaciones fruto del cansancio. Trabajaba horas interminables en una oficina sin ventanas, tecleando informes que nadie leía, atendiendo llamadas de clientes que nunca recordaban su nombre. Salía siempre con la espalda encorvada, los hombros rígidos, los ojos cansados de mirar pantallas.
Había querido dejar ese empleo hacía años. Lo pensó la primera vez que el jefe le negó un ascenso prometido. Lo pensó cuando su compañero Raúl renunció para montar un pequeño negocio propio. Lo pensó cada vez que veía pasar frente a la oficina a estudiantes cargados de carpetas, como él lo había sido alguna vez. Pero nunca se atrevió.
«Más vale un mal trabajo seguro que un sueño incierto», se repetía.
Esa frase, sin embargo, empezó a aparecer en los ecos de su cuarto. Cuando apagaba la luz, las paredes susurraban:
—Más vale un mal trabajo seguro que un sueño incierto.
—Más vale un mal trabajo seguro que un sueño incierto.
Lo repetían como un rosario, como si fueran los rezos de alguien más. Adrián se tapaba los oídos con la almohada, pero el murmullo atravesaba la tela, vibraba en su cráneo.
Pronto descubrió que no eran solo frases del presente: los ecos traían de vuelta su pasado.
Una tarde, mientras esperaba el autobús bajo una llovizna tenue, escuchó el silbido de su juventud. Tenía veinte años, estaba frente a la librería de la universidad, y Ana, la compañera que le gustaba, le había pedido que la acompañara a un café. Adrián recordó cómo había fingido prisa, cómo se excusó con una sonrisa torpe, incapaz de confesar lo que sentía.
El eco repitió, con cruel exactitud, su propia voz de entonces:
—No puedo, tengo que estudiar.
Las gotas del techo del paradero cayeron al unísono, imitando risitas ahogadas. Adrián sintió vergüenza de sí mismo, como si aquella escena hubiera ocurrido ayer.
Sus alucinaciones: eran reproches del tiempo.
El segundo gran golpe vino con una carta.
Una mañana, el cartero llamó a la puerta. Era un hombre flaco, con un bigote en espiral hacia arriba, como si buscara el cielo. Su bicicleta, apoyada en la baranda del edificio, vibraba sola, como si contuviera un animal ansioso por escapar.
—Otra carta para usted —dijo, extendiéndole un sobre sin remitente.
Adrián lo tomó. El papel estaba húmedo y olía a hierro oxidado. Al abrirlo, encontró una sola frase, escrita con tinta que parecía moverse:
«Mañana pedirás café sin azúcar, porque la raíz cuadrada es alternativa, no solución.»
Adrián sintió un vuelco en el corazón. Nunca tomaba café.
—¿Quién envía estas cosas? —preguntó.
El cartero se encogió de hombros, con la naturalidad de quien habla del clima.
—Estas cosas pasan.
Esa noche, Adrián se encerró en el baño. El espejo devolvía su reflejo, pero con un ligero retraso. Cuando levantaba la mano, su imagen tardaba un segundo en imitarlo. Cuando cerraba los ojos, veía que su doble los mantenía abiertos.
El eco brotó desde el cristal:
—¿Qué sería de ti si hubieras dicho que sí?
El espejo le mostró a otro Adrián, uno distinto: el que se había animado a acompañar a Ana, el que viajó a España como soñaba, el que escribió libros en lugar de informes. Ese Adrián sonreía, libre de ojeras, dueño de su voz.
Adrián apretó los puños hasta clavarse las uñas en la piel.
—No existes —susurró.
Pero el eco respondió:
—Tú tampoco.
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