"Fayad Jamís: El poeta que nos enseñó a mirar el polvo"
Saludos, queridos amigos de Literatos. En esta tercera entrega de nuestro Tributo generacional, quiero hablarles de un poeta que para mi generación —los que empezamos a escribir en los 90— fue como un faro en medio de la niebla. Hablo de Fayad Jamís.
No sé bien cómo explicar lo que siento cuando pienso en él. Tal vez sea porque su obra me acompañó en esos años donde uno está buscando una voz propia y no sabe bien dónde encontrarla. Y de repente aparecen sus versos y te dicen que se puede hacer poesía de otra manera, que no todo está escrito, que hay caminos que nadie ha explorado todavía.
Confieso que cuando leí por primera vez Los párpados y el polvo, algo profundo y oscuro se removió en el fondo de mi pecho, una cosa antigua que no sabía que estaba ahí, como si el libro hubiera despertado un animal dormido que llevaba años quieto en algún rincón de mi sangre. No podía nombrarlo entonces, y todavía ahora me cuesta, pero supe que estaba frente a una poesía que no se parecía a nada de lo que había leído antes. Había en esos poemas una desolación hermosa, una manera de nombrar el mundo que me resultaba extrañamente familiar aunque no supiera por qué, como si hubiera estado esperando toda mi vida encontrar esas palabras sin saber que las necesitaba. Luego supe que Fayad era mexicano de nacimiento —de Ojocaliente, Zacatecas— pero cubano de corazón y de obra. Esa doble condición, esa especie de exilio originario que llevaba en los huesos, le dio a su mirada una hondura especial que siempre me fascinó. Porque uno siente que en sus versos hay algo de la tierra árida y reseca de México y algo del mar salado y profundo de Cuba, y esa mezcla, esa tensión entre dos mundos, produce una poesía que no se parece a ninguna otra, que tiene una textura única, como de algo que ha sido tallado lentamente por el viento y la sal.
Y qué decir de su paso por París en los años 50. Allí, en esa ciudad que era el ombligo del mundo, coincidió con André Breton, el papa del surrealismo, que apoyó su obra y lo exhibió junto al escultor Cárdenas. Pero Fayad no era un surrealista más; él tomó esa libertad de imagen y la puso al servicio de una poesía que hablaba de la tierra, del polvo, de la condición humana. Yo creo que París le dio el oficio, la técnica, el rigor, pero el alma se la dio su doble condición de mexicano y cubano, esa herida original que lo acompañó siempre y que convirtió cada uno de sus poemas en un acto de fundación. Y eso es lo que hace que su poesía tenga esa textura tan especial, como de algo que viene de muy lejos pero que al mismo tiempo está aquí, en la piel, en la respiración, en esa manera suya de mirar el polvo y encontrar en él una belleza que otros no ven.
Pero si hay algo que me marcó profundamente, algo que me atraviesa todavía cada vez que lo recuerdo, fue descubrir su amistad con el poeta salvadoreño Roque Dalton. Se conocieron en 1962, cuando Fayad trabajaba en el periódico Hoy y le encargaron entrevistar al joven poeta centroamericano. Desde entonces, fueron hermanos. Fayad incluso publicó a Dalton en la colección La Tertulia que dirigía. Y es precisamente en ese contexto que quiero detenerme en lo que para mí es uno de los grandes poemas escritos en Cuba, uno de esos poemas que uno lleva consigo como un talismán, como una piedra caliente en el bolsillo: "Cuerpo del delfín", de Fayad Jamís. No puedo evitar emocionarme cada vez que lo recuerdo, esos versos que dicen:
"Cuerpo del delfín, cuerpo
que viene de otras aguas"
Ese poema tiene la capacidad de hablarnos del exilio, del deseo, de la patria, del cuerpo que es y no es nuestro, sin caer nunca en el lugar común. Es una de esas obras que, cuando las lees por primera vez, sabes que ya no serás el mismo, que algo se ha quebrado para siempre dentro de ti y que no hay manera de volver atrás. Porque hay una forma de decir las cosas que solo los grandes poetas tienen, y Fayad la tenía. Esa manera de hacer que lo personal se vuelva universal, que el dolor de uno sea el dolor de todos, que el cuerpo del delfín que viene de otras aguas sea también nuestro cuerpo, nuestra memoria, nuestra sed.
La relación entre Fayad y Dalton fue profunda, de esas que trascienden el tiempo y la muerte. Cuando Dalton murió trágicamente en 1975, Fayad le escribió un poema hermoso que comienza:
"Roque, con tus fotografías, tus papeles, tu voz
y tu verde pedazo de nuestra tierra más grande
ardiendo por los cuatro costados..."
Ese poema, "Con tus fotografías, tus papeles, tu voz", es el testimonio de una amistad que trascendió la política y las fronteras, que se hizo carne en la palabra compartida. Fayad supo ver en Dalton no solo al revolucionario, sino al hermano, al que compartía el oficio de la palabra, al que entendía que la poesía es un modo de estar en el mundo, un compromiso con la verdad y con la belleza. Y eso para mí es fundamental, porque habla de un poeta que entendía la literatura como algo vivo, como un vínculo entre los hombres, no como un ejercicio de vanidad o un juego de salón.
Fayad siempre llevó México en la sangre. Nació en Zacatecas y, aunque se fue niño a Cuba, nunca perdió ese vínculo con la tierra azteca, con ese polvo dorado y esa luz tan distinta a la de La Habana. De hecho, fue agregado cultural de Cuba en México durante más de una década. Esa doble mirada —la del que es de aquí y de allá, la del que siempre está llegando y siempre está partiendo— le dio a su poesía una universalidad que muchas veces echamos de menos en la literatura más encorsetada, más provinciana. Porque él podía hablar de La Habana como si fuera suya y de Zacatecas como si nunca la hubiera dejado, y eso es algo que solo los que han vivido en la frontera entre dos mundos pueden hacer, solo los que saben que la patria es un territorio que se lleva dentro, no un mapa.
Para quienes empezamos a escribir en los 90, para los que crecimos en esa década compleja y contradictoria, Fayad Jamís representaba la posibilidad de hacer una poesía que no renunciara ni a la belleza ni al compromiso, que pudiera hablar del amor y de la revolución en el mismo poema, que entendiera la tradición pero supiera romper con ella cuando hacía falta. Su poesía, como su pintura, era una exploración constante, un caminar sin mapa. No se quedó quieto nunca. Transitó del intimismo inicial hacia una lírica más colectiva, más abierta al mundo, pero siempre manteniendo su sello personal, esa manera de decir las cosas que solo él tenía, esa voz inconfundible que reconoces entre mil. Y eso, para un joven poeta que está buscando su camino, que está tratando de encontrar su propia voz entre el ruido de las influencias, es un regalo inmenso: saber que se puede ser fiel a uno mismo y al mismo tiempo cambiar, crecer, transformarse, sin perder nunca la propia identidad.
Y así, entre el polvo de Zacatecas y el mar de La Habana, entre los cafés de París y las imprentas de la revolución, entre la pintura y la palabra, entre el exilio y el regreso, Fayad Jamís nos dejó una obra que sigue viva, que sigue respirando, que sigue doliendo y alegrando. Para mi generación, para las que vinieron después y para las que vendrán, su voz sigue siendo esa "llave de la desesperación y la llave del alba" que él mismo reclamaba para el oficio de poeta. Y cada vez que lo leo, siento que estoy aprendiendo algo nuevo, que hay un verso que no había visto antes, una imagen que me había pasado desapercibida, un matiz que se me había escapado. Porque los grandes poetas son así: nunca terminamos de leerlos del todo, nunca agotamos su misterio, siempre nos quedan deudas con ellos, siempre nos queda la sensación de que nos han dado más de lo que podemos devolver.
Un abrazo grande y hasta la próxima entrega.