A Mafalda le gustaban los domingos, sobre todo por la mañana. No había escuela, la casa olía a café recién hecho y el sol entraba por la ventana. Pero ese domingo, la paz se rompió pronto.
—¡Mamá! —gritó Mafalda desde el pasillo, su voz rebotando en el papel pintado con flores—. ¡Acuérdate de lo más importante!
Su mamá, que ya estaba en la puerta, con su bolsa de tela y el monedero en la mano, se giró con cara de cansancio.
—¿Qué pasa ahora, Mafalda? —preguntó—. Tengo que ir al mercado rápido, el carnicero cierra pronto.
—¡El pan de sésamo, mamá! —insistió la niña, con los ojos muy abiertos—. ¡Por favor! No podemos almorzar sin pan de sésamo. Es lo que hace que todo sea feliz. La sopa... bueno, con la sopa no hay solución, pero el resto... ¡El pan de sésamo es felicidad masticable!
La mamá sonrió un poco, pero suspiró.
—Está bien, Mafalda, buscaré el bendito pan de sésamo. Pero tú quédate tranquila en casa. Ya sabes: no le abras la puerta a nadie, sea quien sea. ¿Entendido?
—Bueno —respondió Mafalda, aunque sin mucha convicción.
La puerta se cerró. Mafalda se quedó sola en el pasillo. Escuchó el sonido del ascensor bajando. Primero, sintió alivio. "¡Sí! ¡Tendré mi pan de sésamo!", pensó, imaginando las semillitas doradas.
Pero luego, la frase de su madre empezó a dar vueltas en su cabeza: "no le abras la puerta a nadie, sea quien sea".
Mafalda miró la puerta marrón, grande y pesada. ¿Por qué el mundo adulto siempre era tan lleno de miedo? Y entonces, una duda gigantesca le asaltó el alma.
"Pero si la abro..." —empezó a pensar, con voz bajita— "...¿no entraría otra cosa que no es el pan?".
Miró por la mirilla. No había nada. Un silencio inquietante llenaba el pasillo del edificio.
"Mi mamá me prohibió abrirle a nadie. Pero... ¿Y si es la felicidad?", se preguntó, imaginando que la alegría, la paz mundial y todas esas cosas buenas estaban allí fuera, esperando, y ella no las dejaba entrar por obedecer a una regla.
Pero luego, una punzada de miedo le encogió el estómago.
"¿Y si en lugar de la felicidad, lo que entra es la... angustia?", pensó, imaginando una nube negra, fría y húmeda que se colaba por la rendija, trayendo noticias tristes, guerras lejanas y sopa fría de verdura.
Mafalda se quedó allí, en el medio del pasillo, atrapada entre el deseo de felicidad y el miedo a la angustia, mientras el segundero del reloj de la cocina no paraba de sonar: tictac, tictac. Y se dio cuenta de que, a veces, las preguntas más difíciles se esconden detrás de las puertas más sencillas.
"Al final", suspiró, "creo que esperaré a mi mamá y a su pan de sésamo. Con un poco de suerte, la felicidad vendrá de postre y la angustia... la angustia ya tiene bastante con las noticias de la radio".
Y allí se quedó, vigilando la puerta, hasta que escuchó las llaves de su madre, que volvía con la bolsa llena y el olor a pan fresco.
Foto(s) tomada(s) con mi smartphone Samsung Galaxy S22 Ultra.