Hacía años que Mario iba los sábados al café de la esquina. Siempre se sentaba en el mismo lugar: al lado del ventanal, justo donde la planta esa de hojas largas que parece una palmera le tapa un poco la luz de la calle. Decía que ahí no le daba el chiflete de la puerta y que podía ver tranquilo a la gente pasar por la avenida.
Su nieta, Sofía, antes no tenía tiempo. Que la facultad, que el laburo, que los findes con amigos. Pero hace unos meses, cuando notó que Mario estaba más callado de lo habitual y que se le mezclaban un poco los recuerdos, decidió que los sábados a la tarde iban a ser de ellos. Sin excusas.
Al principio les costaba arrancar la charla, pero de a poco se convirtió en un ritual. Sofía ahora siempre lleva un cuaderno para anotar las cosas que él cuenta, sobre todo esas historias viejas del barrio que a ella le encantan y que no quiere que se pierdan. Mario habla despacio, con las manos, como si estuviera acomodando las piezas de un motor invisible en el aire. Se pide siempre un cortado en taza de vidrio y ella prefiere el café con leche.
—¿Te acordás de la mercería de doña Rosa, Sofi? —le pregunta hoy, señalando con el dedo hacia el ventanal, aunque en ese lugar ahora hay una farmacia de las grandes—. La que tenía los botones de colores en frascos de mermelada. Ahí tu abuela compraba el hilo para los pulóveres.
Sofía sonríe, anota "botones de colores" en el margen de la hoja y le da un sorbo a su taza.
El ruido de la máquina de café y el murmullo de la gente que entra y sale de fondo los envuelve en esa tibieza de siempre. No hace falta arreglar el mundo, solo estar ahí, un sábado más, compartiendo la misma mesa.
Foto(s) tomada(s) con mi smartphone Samsung Galaxy S22 Ultra.