Esa noche arrancó con la excusa de siempre: "Hagamos algo tranquilo para la despedida". Pero con este grupo era imposible. El viernes se nos casa el negro y no podíamos dejar que se fuera al agua sin una buena bienvenida a la vida adulta.
Nos juntamos desde temprano en la casa de uno a preparar las cosas. La consigna era ir bizarros, sin gastar mucho pero que hiciera ruido. El novio terminó con un casco de obra que tenía una lamparita pegada arriba, una remera a rayas y una foto de su propia cara colgada del pecho, más un aro dorado que nadie entendió bien de dónde salió pero quedaba genial. El resto no se quedó atrás: nos mandamos con delantales de chef, orejitas, remeras atadas y lo que encontramos a mano.
Antes de encarar para el bar, caminamos un par de cuadras por el empedrado buscando un buen fondo para inmortalizar el momento. Nos frenamos en la puerta de una casona vieja que tenía rejas de hierro.
"Pónganse ahí que la luz está tremenda", tiró una de las chicas. Nos acomodamos como pudimos, entre risas y empujones. El chef con su bolsa de harina improvisada, las chicas haciendo poses para la foto y el novio en el centro, tratando de mantener la compostura con semejante mamarracho encima.
Salió esa foto, bien espontánea, con cara de "mañana nos vamos a arrepentir pero hoy no nos importa nada". Después guardamos el celular y nos fuimos a seguir la gira. Se nos casa el primero del grupo y había que festejarlo como corresponde.
Foto(s) tomada(s) con mi smartphone Samsung Galaxy S22 Ultra.