Nuestra querida maestra sustituta

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El aire en el aula 4B de CIBA, en el barrio de Once, tenía ese olor familiar a tiza y a café recalentado de la máquina del pasillo. Era un miércoles gris de octubre, y para María, ese día marcaba el final de una etapa corta pero intensa. Había pasado los últimos tres meses cubriendo la licencia por maternidad de la profesora titular de Inglés Nivel 4, y hoy era su última clase.

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Llegó temprano, como siempre. Quería tener todo listo antes de que los primeros alumnos cruzaran la puerta. María no era una profesora de carrera; era traductora y se había lanzado a la docencia por necesidad y curiosidad. Pero el grupo la había conquistado. Era una mezcla ecléctica de edades, historias y motivaciones.

El primero en llegar fue Don Roberto, el más veterano del grupo. Con su infaltable boina y una sonrisa que arrugaba aún más su rostro curtido, le dejó una cajita de alfajores Havanna sobre el escritorio. "Para el viaje, profe", le dijo con su voz pausada. Don Roberto estudiaba inglés porque quería poder hablar con sus nietos que vivían en Australia.

Poco a poco, el resto fue llenando las sillas. Estaban las "chicas de adelante", un trío inseparable: Sole, que siempre llegaba corriendo del trabajo en una oficina contable; Gaby, que soñaba con ser azafata; y Ana, la más tímida del grupo, que apenas levantaba la vista de sus apuntes pero que tenía un oído envidiable.

Y no podía faltar el "grupo del fondo", liderado por el "Colo", un pibe de veinte años que solo quería el nivel para poder jugar videojuegos online sin subtítulos, y su amigo Lucas, que siempre traía facturas para compartir.

La clase transcurrió entre risas, correcciones gramaticales y debates sobre las diferencias entre el "present perfect" y el "past simple". María intentó que fuera una clase normal, pero la emoción flotaba en el ambiente. Al final, después de entregar las notas del último examen (donde milagrosamente todos habían aprobado), se hizo un silencio.

Fue Sole quien tomó la palabra. "María, queríamos agradecerte por estos meses. No solo nos enseñaste inglés, sino que nos hiciste sentir que podíamos, que no importaba la edad ni de dónde viniéramos". Gaby, con los ojos vidriosos, asintió con la cabeza.

Don Roberto, con la solemnidad de quien ha vivido mucho, se levantó y le dio un abrazo. "Gracias, hija. Me devolviste las ganas de aprender".
María sintió un nudo en la garganta. No se esperaba tanto cariño. "El agradecimiento es mío", balbuceó, tratando de contener las lágrimas. "Ustedes me enseñaron mucho más a mí".

Antes de irse, el Colo sacó su celular y un selfie stick casero hecho con un palo de escoba. "¡Dale, profe, una foto para el recuerdo!". Todos se amontonaron alrededor de María. Don Roberto, con su boina, posó con orgullo. Sole y Gaby se abrazaron, riendo. Ana, por primera vez, sonrió a la cámara sin timidez.
La foto quedó un poco movida, con la luz fluorescente del aula reflejándose en las pizarras, pero capturaba la esencia de ese grupo: la diversidad, la calidez y el vínculo que se había formado en esas cuatro paredes de CIBA.

Al salir a la calle, el ruido de los colectivos sobre la avenida Rivadavia y el olor a garrapiñada la devolvieron a la realidad de Buenos Aires. María miró la foto en su celular. Ya no era la profesora sustituta. Era parte de esa pequeña comunidad que, por un breve momento, había hecho del inglés un puente hacia algo más grande.





Foto(s) tomada(s) con mi smartphone Samsung Galaxy S22 Ultra.

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