Wirin

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El olor a papel guardado y a tinta fresca siempre fue el perfume favorito de mi abuela. Durante 23 años, la Librería Wirin no fue solo un negocio en la esquina del barrio; fue el lugar donde tres generaciones de chicos compraron sus primeros cuadernos, donde los vecinos pasaban a charlar cinco minutos que se convertían en una hora, y donde mi abuela recomendaba lecturas como quien comparte un secreto valioso.

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Pero el tiempo no perdona, y la espalda ya le pedía tregua. Llenar las estanterías, cortar cartulinas a primera hora de la mañana y estar de pie hasta el atardecer dejó de ser una rutina alegre para convertirse en un peso. Un día, sin dramatismo pero con la firmeza que la caracteriza, guardó la última lapicera, apagó las luces del mostrador y decidió que ya era momento de colgar el cartel.

Poner la marquesina azul de "Alquila" sobre el viejo frente de madera le apretó un poco el pecho, no lo voy a negar. Sin embargo, la sensación que predominó no fue la tristeza, sino un alivio enorme.

Veintitrés años de trabajo diario son muchos, y mi abuela entendió que ya le tocaba disfrutar de las tardes sin reloj, de tomar unos mates al sol en el patio sin pensar en pedidos de proveedores ni en la campaña escolar de marzo.

El barrio perdió un punto de encuentro histórico, es verdad, pero ella ganó algo mucho más importante: la libertad de descansar y vivir su jubilación en absoluta paz, sabiendo que cumplió con creces.





Foto(s) tomada(s) con mi smartphone Samsung Galaxy S22 Ultra.

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