Martín salió del departamento temprano porque no aguantaba el encierro. La semana de trabajo frente a la computadora lo tenía contracturado y con la cabeza a punto de estallar. No tenía un plan fijo, solo empezó a caminar hacia la zona del río para despejarse.
El sol estaba lindo, de esos días de otoño que no hacen ni frío ni calor. Empezó a acelerar el paso sin darse cuenta. Cruzó un par de barrios, esquivó gente en las avenidas y terminó metiéndose por unos senderos del parque que nunca frecuentaba. En un momento, como para terminar de descargar la mala sangre de la semana, se puso a trotar un tramo largo. Le pesaban las piernas, pero la sensación de cansancio físico le resultaba un alivio comparada con el estrés mental.
A eso de las tres de la tarde se rindió. El hambre y la sed lo obligaron a parar en un barcito de esquina. Se pidió un café grande con unas tostadas, se tiró en una silla de madera en la vereda y estiró las piernas, que ya le temblaban un poco.
Ahí fue cuando levantó la muñeca para ver qué hora era.
La pantalla del reloj parpadeó. Marcaba 17.220 pasos.
Se quedó mirando el número unos segundos, procesando la cifra. Su meta diaria siempre moría en los 8.000 si tenía un buen día, pero esa tarde no solo había sobrepasado las dos horas de movimiento continuo, sino que el contador rozaba las mil ochenta calorías. Le dio un trago al café, sonrió para adentro y pensó que la caminata no le iba a pagar el sueldo del mes, pero por lo menos la cabeza ya no le dolía nada.
Foto(s) tomada(s) con mi smartphone Samsung Galaxy S22 Ultra.