La segunda patria

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José llevaba puesto el guardapolvo blanco de siempre, pero aquella mañana en la escuela de Buenos Aires, el frío de la primera hora le calaba de otra manera. Como se ve en la imagen, le había tocado a él, junto a sus compañeros y la portera, la enorme responsabilidad de izar la bandera argentina.

Tenía apenas un año cuando sus padres salieron de Venezuela con lo puesto, así que para él la patria no era un recuerdo, sino el olor a medialunas de la panadería de la esquina, el ruido de los colectivos y ese patio escolar de ladrillos a la vista.

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José era tan argentino como el que más, aunque en su casa se hablara de "vos" y se cenaran arepas.
​Por la tarde, la agitación del colegio dio paso a la calma en el pequeño departamento que compartían en el barrio de Almagro. Luis, su papá, lo esperaba con el mate listo sobre la mesa, al lado del ventanal donde la humedad del invierno porteño ya iba descascarando la pared.

​Luis se había enterado por el grupo de padres de que a su hijo le había tocado izar la "celeste y blanca". Sentado en el viejo sillón, con el cansancio de una larga jornada de trabajo pero con los ojos encendidos, llamó a José para que se sentara a su lado. De un viejo cajón, con un cuidado casi religioso, Luis sacó un bulto de tela gastada. Al desdoblarla, los colores amarillo, azul y rojo con sus estrellas iluminaron la penumbra de la sala.

​—Te vi en la foto que me mandaron, hijo. Qué grande estás —dijo Luis, apoyando una mano firme pero tierna sobre el hombro de José—. Te queda bien el guardapolvo. Y me dio orgullo verte ahí, cuidando esa bandera, porque este país nos salvó la vida y te dio todo lo que sos.

​José miró la bandera venezolana que su padre sostenía entre las manos, sintiendo el peso de una historia que no recordaba pero que llevaba en la sangre.

​—Pero mirá esta, José —continuó su padre, con la voz un poco más baja, como quien comparte un secreto sagrado—. Esta es la nuestra. La que dejamos atrás. Mi mayor deseo, hijo, no es solo que la conozcas. Mi sueño es que algún día, cuando las cosas cambien y podamos volver, seas vos, con esas mismas manos que hoy la subieron en tu escuela de Buenos Aires, el que la ice allá, en nuestra tierra. Para que sepas de dónde venimos.

1000752757.png Imagen hecha con IA

​José no dijo nada. Se limitó a tocar el borde de la tela, sintiendo el calor de la mano de su papá y la promesa silenciosa de un regreso que, tarde o temprano, escribirían juntos.





Foto(s) tomada(s) con mi smartphone Samsung Galaxy S22 Ultra, salvo la segunda imagen que fue generada con inteligencia artificial generativa.

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