El sol pegaba fuerte, pero el aire en la cima de la montaña era como hielo. Había subido desde el refugio base al amanecer, con el sonido de los primeros esquiadores todavía lejos. Ahora, a más de tres mil metros, la soledad era total.
Se detuvo un momento para respirar y disfrutar de la vista que se extendía ante él. Las montañas nevadas parecían olas gigantes congeladas bajo un cielo azul sin nubes. Sacó su teléfono con dificultad, las manos entumecidas a pesar de los guantes, para capturar el momento. El reflejo de las cumbres se veía en el lente, una imagen que guardaría para siempre.
Pero la montaña tiene sus propias reglas. Justo cuando pensaba en emprender el descenso, el viento cambió de repente. Se levantó una ráfaga helada que casi lo derriba. Se ajustó la capucha de la campera y las antiparras, agradeciendo el equipo que lo protegía. Era el recordatorio de que allí arriba, el hombre es solo un visitante. El silencio volvió a reinar, pero ahora tenía un tinte diferente, un desafío silencioso. Con cautela, comenzó a esquiar hacia el valle, cada giro un baile con la naturaleza.
Foto(s) tomada(s) con mi smartphone Samsung Galaxy S22 Ultra.