Una taza de café para despejar

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El vaso de agua ya estaba tibio porque lo había tomado apenas llegó, por puro nervio. Miré el reloj del celular por cuarta vez en dos minutos. Diez y cuarto. Había mandado el mensaje a las diez menos diez: "Salgo para ahí". Clásico.

La taza de café con leche, apoyada sobre su platito verde, seguía casi intacta, con ese diseño en la espuma que ya se le empezaba a desarmar un poco en los bordes. Al lado, los dos sobrecitos de Hilaret seguían cerrados sobre la mesa de madera. Ni me acordé de ponerle edulcorante; total, el gusto amargo ya lo tenía en la garganta.

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Apoyé la cucharita de metal en el plato y hacía un ruidito molesto cada vez que apoyaba el codo en la mesa. La corrí un centímetro hacia la izquierda para que dejara de jorobar.

—¿Te puedo retirar algo? —me preguntó el mozo pasando rápido con una bandeja.

—No, todavía estoy esperando a alguien —le tiré, medio de compromiso, aunque sabía perfectamente que no iba a aparecer.
Miré de reojo hacia atrás, donde se asomaba el respaldo de una silla de metal de la otra mesa. Todo el lugar olía a café quemado y a humedad de la vereda. Suspiré, saqué el celular de nuevo y esta vez ni siquiera lo desbloqueé; solo me quedé mirando la pantalla negra hasta que se apagó sola.





Foto(s) tomada(s) con mi smartphone Samsung Galaxy S22 Ultra.

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