10 years

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Cumplir diez años no es poca cosa. Para un niño es entrar de lleno en una etapa donde empieza a mirar el mundo con otros ojos, y para los que estamos al lado, es el recordatorio más honesto de que el tiempo no pide permiso: avanza.
​Hoy que Thiaguito llega a esta cifra, lo importante no es lo que había sobre la mesa ni el tamaño del pastel. Lo importante es quiénes estamos aquí. Un cumpleaños no es un evento social; es una excusa —necesaria— para parar la marcha del año y recordarnos que pertenecemos a un mismo tronco. Los lazos no se sostienen con discursos bonitos ni con momentos perfectos, se sostienen con presencia, con constancia y con la certeza de que, pase lo que pase afuera, la familia es el lugar al que siempre se vuelve.
​La distancia no rompe lo que está bien plantado
​No voy a mentir ni a adornar lo que fue: hubo cuatro años seguidos en los que no pude estar en sus celebraciones. Cuatro años de cumpleaños lejos, de ver fotos por una pantalla o de recibir noticias a la distancia. Para muchos eso parece un vacío, pero la realidad es otra cuando las bases son firmes: si el hilo es fuerte, la distancia no lo corta, lo pone a prueba.
​En esos años ni él se olvidó de marcar, ni yo me olvidé de llamar. Había una llamada, una voz al otro lado, un "¿cómo estás?", un intercambio simple pero real que mantenía el puente abierto. Y eso vale más que mil presencias vacías. Estar no siempre significa estar pegado físicamente todos los días; estar es acordarte del otro cuando no estás obligado a hacerlo. Thiaguito sabe bien de esto, aunque tenga diez años, porque en su memoria ya sabe quién estuvo al teléfono cuando las millas decían otra cosa.
​El valor de lo sencillo y lo verdadero
​Este año el festejo fue sencillo. Sin pompas ni excesos. Y qué bueno que fue así. Las mejores raíces no crecen en el aparador ni en lo superficial; crecen en la mesa, en la risa cruzada, en ver a los hermanos y a los primos correr, jugar y pelearse un segundo para volver a abrazarse al minuto siguiente.
​Verlo ahí, compartiendo con los suyos, jugando con sus hermanos y con los otros sobrinos, me confirma algo que a veces se nos olvida en el corre y corre de la vida: la riqueza no es lo que acumulamos, es quiénes son los nuestros. Esos niños jugando hoy son los que mañana se van a respaldar la espalda cuando el mundo afuera se ponga difícil. Esa complicidad que hoy parece solo juego de infancia, es el cimiento de la lealtad que tendrán de adultos.
​Una mirada firmes hacia adelante
​Tal vez hoy ellos —los más jóvenes— no lo vean con la claridad con la que uno lo entiende con los años. Quizá no entiendan del todo el esfuerzo que hay detrás de cada reencuentro, ni el valor de cada llamada, ni por qué a veces las cosas se complican. No pasa nada. El tiempo se encargase de poner las piezas en su sitio. Más adelante entenderán el porqué de las cosas, entenderán por qué se lucha, por qué se cuida a la familia y por qué hay ausencias que duelen pero presencias que salvan.
​A Thiaguito: te toca seguir creciendo con pasos firmes. Que los diez años te encuentren despierto, con carácter, sabiendo escuchar, respetando a los tuyos y entendiendo que ser grande no es cumplir años, sino responder por los tuyos y honrar el apellido y el afecto que te sostiene. Aquí estamos, en las que son y en las que vengan.

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