Hoy quiero expresar un profundo agradecimiento a la Orquesta Sinfónica por el voto de confianza tan grande que han tenido al otorgarme en comodato un chelo durante este periodo vacacional. Llegué a la orquesta, me inscribí, y en apenas dos semanas ya tenía el instrumento en mis manos. Sé que esto fue posible gracias al conocimiento y la pasión que tengo por la música, pero también porque recuerdan y guardan un gran aprecio por aquella "María chiquita" que hace 6, 7 u 8 años ya tocaba en esta misma orquesta, y ese cariño sigue intacto.
Durante todo el mes de agosto, este chelo fue mi compañero inseparable en casa. Aunque las vacaciones fueron de casi mes y medio, el tiempo exacto con el instrumento fue de un mes, y lo aproveché al máximo. Practiqué absolutamente todos los días, incluso los fines de semana que se suponían de descanso —pero es que la música me encanta y seguía tocando—, logrando terminar mi nueva sesión con el chelo. Me da una ligera tristeza tener que entregarlo ahora, porque juro que quería tenerlo en casa por siempre, pero las reglas son claras y hay que cumplirlas. Y es curioso y hasta irónico notar cómo, cuando uno experimenta un poco de crecimiento, nunca faltan las personas con tiempo de sobra y la lupa puesta en cada movimiento que haces, pendientes de si lo haces o no. Por eso, con los años he optado por ser sumamente selectiva con mi entorno y mis amistades, e incluso con la propia familia. Disfruto compartir lo que hago con el violonchelo y mis logros en la universidad porque me gusta construir un bonito registro de recuerdos y que mi esfuerzo sea reconocido. No me voy a cohibir de mostrar este tipo de experiencias; al contrario, me nutren, me alimentan y me sanan, porque la música tiene el poder de sanar aquello que de otro modo quedaría intacto.
Y a propósito de miradas ajenas, no faltaron los comentarios de ciertas amistades universitarias con vidas demasiado desocupadas, quienes al verme con el instrumento lanzaban preguntas impertinentes como: «Ay, ¿te compraste un chelo?», presuponiendo situaciones económicas o compras extravagantes sin tener la menor idea de la realidad. En lugar de indagar con una curiosidad sana, prefieren especular y emitir juicios erróneos. Para quienes desconocen cómo funciona esto, es oportuno aclarar que un comodato no es un regalo ni significa que el instrumento pertenezca a uno por siempre; se otorga por una temporada específica, que en mi caso fue por un mes de vacaciones.
Lo más importante que se debe comprender es que esto conlleva una responsabilidad absoluta. Cuando te confían un bien de esta naturaleza, la orquesta ya no asume los desperfectos; si se rompe una cuerda o sufre cualquier daño, uno como músico es el único responsable de su reposición y reparación. Por eso valoro tanto la confianza que depositaron en mí, ya que siempre he estado atenta y cuidándolo con el máximo respeto. Todo esto se complementa con el compromiso constante de asistir a las clases con el profesor, un espacio fundamental donde no solo se pule la técnica y se aprovechan clases extras, sino que una vez a la semana nos orientan en el mantenimiento, la limpieza de las cuerdas, el uso adecuado de la perruvia y todo lo necesario para su óptimo cuidado.
Tener la dicha de firmar un comodato con tu nombre y tu ubicación también impone deberes inquebrantables, como el compromiso de asistir todos los días, de lunes a viernes de 4:00 p.m. a 6:00 p.m., al ensayo general con la orquesta. No hay excusas que valgan, y menos siendo estudiante universitaria; para trascender y convertirse en un buen músico, el entrenamiento debe ser diario. Aunque hoy me corresponda entregar el chelo, seguiré acudiendo a la orquesta todos los días, como siempre lo he hecho, con la misma disciplina y devoción. Gracias infinitas a la institución por esta oportunidad, por creer en mí y por recordarme por qué la música es el motor de mi vida. ¡Seguimos adelante!