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A veces las tardes más tranquilas se convierten en los momentos que uno más guarda en el corazón. Yo estaba de lo más normal en una videollamada con mi tía, poniéndonos al día y conversando, cuando de repente escucho a mi hijo gritarme con una sorpresa que le desbordaba la voz.
—¡Mamá, un tiburón! ¡Corre, mamá, un tiburón!
Me pegué un susto y salí corriendo a ver qué pasaba porque en realidad me imaginé lo peor, obvio yo sabía que no podía ser un tiburón pero pensé que podría ser un animal venenoso.
Cuando llego a donde está él, mi gran sorpresa fue ver que no era ningún monstruo del mar, sino un matico, me imagino que el pobrecito cayó allí en un descuido y ya no pudo salir.
Pero para los ojos de mi niño, ¡eso era un tiburón de verdad! Estaba feliz, emocionado y con una sonrisa de oreja a oreja, empezó a echarle agua con sus manitas, jugando y disfrutando de su gran descubrimiento, daba gusto verlo tan emocionado con su nueva mascota.
El detalle fue cuando me tocó hacer el papel de mamá y explicarle las cosas, le dije con mucho cariño que el animalito no podía quedarse ahí, que debía irse a su casa con su mamá y sus hermanos. Con todo el dolor de mi alma, lo dejé ir.
¡Ay, para qué fue eso! Mi hijo se puso a llorar desconsolado, quería conservarlo a toda costa en el agua y no entendía de razones, si hubieran visto sus lagrimitas, se les parte el alma; lloraba con un sentimiento tan puro que me dio una ternura inmensa.
Lo abracé fuerte, sabiendo que aunque hoy le dolió despedirse, me llena de orgullo ver que desde ya tiene un corazón tan noble y lleno de amor por los animales.
Al final, cuando ya se calmó en mis brazos, me quedé pensando en lo mucho que nos enseñan los hijos, a veces nosotras nos complicamos la vida buscando grandes cosas, y ellos, con su inocencia, descubren un universo entero en un poquito de agua o un pedacito de cielo.
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La lección más hermosa de esa tarde fue entender que amar también es dejar ir, verlo llorar por ese animalito me demostró la pureza de su alma, y me dejó claro que nuestro trabajo como madres no es evitarles cada lágrima, sino enseñarles a cuidar el mundo con amor y a soltar con generosidad, aunque a veces un pedacito del corazón se nos quede en la despedida.
Nos pasamos la vida queriendo retener lo que nos hace felices, aferrándonos a momentos, a personas o a cosas, olvidando que la verdadera belleza de la vida está en dejar fluir. Ver al animalito libre y a mi hijo refugiado en mi pecho me dejó claro que mi misión como madre no es evitar que sufra o esconderle las realidades del mundo, sino tomarlo de la mano, abrazar sus lágrimas cuando el desapego duela y enseñarle que proteger la libertad de los demás es el acto de amor más noble que existe. Al final del día, aunque nos duela un poquito el corazón al despedirnos, soltar con generosidad es lo único que nos mantiene el alma limpia y llena de luz.
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¡Hasta aquí el relato de hoy! Gracias por pasarse por mi blog, leer y dejar su cariño de siempre. ¡Hasta la próxima!
📌 Nota: Todas las fotografías compartidas en esta publicación son de mi propiedad y autoría. La imagen de portada fue editada utilizando la plataforma Canva.