Hay algo en la soledad que aún no encuentro cuando estoy con alguien; da igual si es un amigo, una pareja o un familiar, estar solo es más un sentimiento de descanso. Existe una diferencia abismal entre la soledad impuesta y la soledad elegida, esa que es un refugio reparador. A veces, el mundo nos bombardea con la idea de que estar solo es un fracaso, cuando en realidad es uno de los espacios más fértiles que podemos habitar.
Cuando estamos acompañados, incluso con las personas que más queremos, nuestro cerebro está en un estado de "alerta social". Queremos ser agradables, escuchar, responder y encajar. Hay una parte de nosotros que siempre está atendiendo al otro, ajustando nuestras aristas para que la convivencia sea fluida. Es un intercambio hermoso, pero también es un trabajo constante. En la soledad, en cambio, dejamos de ser "el amigo de" o "la pareja de". Nos despojamos de esas etiquetas y, por fin, volvemos a ser simplemente nosotros mismos.
Ese descanso es, en el fondo, una tregua con el ego. Cuando no hay nadie mirando, no hay necesidad de actuar. No tienes que sostener una postura, ni modular tu tono de voz, ni preocuparte por si tu silencio es malinterpretado. En la soledad, el silencio no pesa; es una habitación vacía que decoras con tus propios pensamientos. Es el único lugar donde puedes escucharte sin el ruido blanco de las opiniones, expectativas o necesidades ajenas.
Muchas personas temen a este silencio porque, al quitar el ruido exterior, lo primero que aparece es la propia voz interna. Pero una vez que superas ese umbral, la soledad se convierte en un refugio. Es donde las ideas se ordenan, donde las emociones se decantan y donde la energía, que se dispersa en el trato con los demás, vuelve a concentrarse en nuestro centro. Es como si, al estar con otros, fuéramos una batería que se va descargando, y al estar solos, nos conectáramos a un enchufe que nos devuelve a nuestro estado original.
Además, hay una forma de creatividad que solo florece en la soledad. Cuando estás solo, tu mente tiene permiso de divagar, de conectar puntos que normalmente no vería y de profundizar en temas que no tienen cabida en una charla casual. Es un ejercicio de introspección que nos permite conocernos mejor; después de todo, ¿cómo vamos a entender a los demás si primero no entendemos el terreno que pisamos nosotros mismos?
No se trata de aislarse del mundo ni de rechazar el cariño de quienes nos rodean, porque el ser humano es un ser social. Se trata de encontrar el equilibrio. Hay una gran diferencia entre la soledad elegida —que es un acto de autocuidado, una forma de decir "necesito este tiempo para volver a mí"— y la soledad impuesta. La primera es un banquete; la segunda, una dieta forzada.
Al aprender a disfrutar de esa soledad, nuestras relaciones mejoran. Cuando ya no dependes de la compañía ajena para sentirte completo o para descansar, los vínculos se vuelven más sanos. Ya no buscas a alguien para que te llene un vacío, sino para compartir la plenitud que ya has construido por tu cuenta. Dejas de pedirle al otro que sea tu refugio, porque te das cuenta de que tú mismo puedes serlo. Cultivar ese espacio es, posiblemente, el acto de amor propio más grande que existe.
Fuera del tema quisiera agradecer a @valderalazaro y a
@diazktty por su super super apoyo y a las comunidades
@thebbhfoundation y
@thebbhproject