Buenas noches amig@s, que gusto estar de nuevo por acá. Cómo les va? Hoy con un poquito de tino 😔
Durante mucho tiempo defendí mi postura de animal nocturno. Una aberración filosófica de los años de juventud. Las lecturas favoritas de esos días se relacionaron con El conde Drácula y Frankenstein. No puedo negar el deseo de la inmortalidad y el amor. Luego estaba la música y la poesía. ¿Qué creador no tiene a la noche como cómplice? Sin duda, el mejor momento del día para escribir. Todos argumentos válidos para aferrarse a las estrellas.
La verdad es mucho más compleja. Era un paria, un sin tierra, un ser carente de propósito que deambulaba entre el ser y el estar, hasta el momento en que todo se definió y, como en la gran mayoría de los casos, quien tomaba la decisión era la vida.
La ciencia moderna redescubre lo que ya se sabía, pero solo los grandes centros del conocimiento compartían la información. Hoy las redes sociales, de forma vertiginosa, lo diseminan para todos los públicos y es más que evidente: somos seres diurnos.
La noche es nuestra cómplice biológica. No para trabajar, no para ver pantallas, ni para vacilar. La noche construye y repara nuestro cuerpo del desgaste del trabajo físico e intelectual durante el día. Desecha información irrelevante y reserva conocimiento regenerativo. Es el lecho natural para condicionar el sueño.
La pregunta que se impone: ¿Qué mueve a un régimen social revolucionario y progresista a promover y permitir la vigilia nocturna?
Está bien que, al final de la semana laboral, luego del merecido descanso, se extienda un tanto adentrada la noche el placer de compartir con los amigos, familiares y hasta de malcriar al cuerpo con algún que otro vicio. Pero, ¿cómo descansa el cuerpo y la mente de estudiantes y profesores, cuando el relajo y el jolgorio se presentan ante sus puertas a las 3:40 de la madrugada?
Soy cómplice, no lo niego. Y es que no se justifica mi irresponsable actitud de adolescente y joven alborotador nocturno. No consideraba el descanso ajeno, ni el trabajo, ni la necesidad de velar por la productividad colectiva. Cada noche, una fiesta y un relajo. Cada día, una resaca de improductividad. El ocio, el vicio y el mal proceder, al orden del día.
Decidí reflexionar sobre el tema hace algunas noches, cuando, al pernoctar en la residencia para profesores de la Universidad de Pinar del Río, me despertó en medio de la madrugada la música.
A las 3:40 de la madrugada, un grupo de personas en plena avenida, a metros de la residencia estudiantil, impacta estrepitosamente con sus audios móviles en el sueño de aquellos que descansan. ¿Qué les puedo contar? El tiempo de descanso de colegas y estudiantes se terminó. La interrogante podría ser: ¿Dónde estaban las autoridades a esa hora de la madrugada? Esa es la pregunta más frecuente. Y es que ya tenemos por costumbre responsabilizar al eslabón más débil de la cadena. La respuesta debería concentrarse en: ¿quiénes propician que esto suceda? Días más tarde me quedé en la casa de mis padres el fin de semana. Un pueblo pequeño de solo tres calles. Vivimos exactamente a tres calles del centro nocturno más popular del pueblo y adivinen qué: no hay que pagar un peso para tener acceso a la música del momento. El apartamento es una discoteca gratis hasta las 4 de la mañana. ¿Qué pueblo puede levantarse con ánimo para trabajar después de semejante noche de vigilia? Imaginen esto de viernes a domingo. En buen cubano, «se jodió la semana».