El parquet gastado de su habitación siempre había sido su "cancha de pruebas". Desde que cumplió trece años la semana pasada, el suelo de madera había visto más acción que el estadio de su club. El lunes fue el día de las zapatillas de deporte normales; el martes, las pantuflas (una mala idea para el control del balón). Pero hoy era diferente. Hoy eran los botines.
Mateo miró hacia abajo, a los adidas Predator blancos y azules que acababan de llegar en el correo. No eran solo un par de botas; eran el fruto de una conspiración. Sus amigos —Santi, Lucas, y los gemelos— habían insistido en que su regalo de cumpleaños fuera "algo útil". Útil, para ellos, significaba algo que le ayudara a dejar de usar las zapatillas de lona desgastadas que su madre le hacía usar para el fútbol.
El sobre de la tarjeta de cumpleaños había estado lleno de billetes arrugados y monedas, con una nota que decía: "Para que no vuelvas a resbalarte en el área. De tus futuros compañeros de selección". Había pasado días en la tienda online, comparando, y finalmente se decidió por los Predator. Eran limpios, modernos y, lo más importante, tenían ese toque de azul que le recordaba a la camiseta de su equipo favorito.
Sentado en el borde de la cama, Mateo se los puso. La sensación fue inmediata. El ajuste era ceñido, como una segunda piel. Al apretar los cordones, sintió la rigidez de la suela de césped artificial contra el parquet, un recordatorio de que estaban hechos para correr, no para estar sentado. Los pantalones de chándal de Roblox, un vestigio de su vida antes de la adolescencia que se negaba a abandonar por completo, se amontonaban alrededor de sus tobillos, creando un contraste divertido con el aspecto profesional de las botas.
Se puso de pie. El parquet crujió, pero Mateo solo sintió la amortiguación del talón. Hizo un par de toques imaginarios. Un pase corto aquí, un regate rápido allá. El sonido rítmico de la suela contra la madera era el latido del corazón de su ambición.
En ese momento, la puerta se abrió. Su madre asomó la cabeza. "¿Ya los probaste?", preguntó con una sonrisa.
"Sí, son perfectos", respondió Mateo, sin apartar la vista de sus pies.
"Pues más te vale que no me rayes el suelo", bromeó, antes de añadir, más en serio, "Y espero que ese 'Birthday Fund' de tus amigos se refleje en tus goles el próximo sábado".
Mateo se rio. Los botines ya no eran solo un regalo; eran una promesa. Una promesa a sus amigos de que sus "billetes arrugados" habían sido bien invertidos. Una promesa a su madre de que el parquet seguía intacto (al menos por ahora). Y una promesa a sí mismo de que el próximo partido, en el césped real, sería el primero de muchos con estos nuevos depredadores blancos y azules.
Foto(s) tomada(s) con mi smartphone Samsung Galaxy S22 Ultra.