Imagen editada con Canva. Fuente de la imagen: Pexels
Mientras esperaba a que el reloj marcará las 6 de la tarde en la sala de espera del hospital, Zoila cerró los ojos; su mente, llena de sentimientos encontrados entre el desamparo y la desesperación, empezó a llenarse de ideas de realidades alternas.
En una se imaginó dueña de un auto bonito, funcional, que estaría utilizando como herramienta de trabajo para transportar personas, ganando un salario modesto. Se imaginó que se encontraba en la nueva casa, junto con su abuela, su madre y su hermano, cada quien haciendo sus propias cosas, en un ambiente tranquilo donde los conflictos eran menos habituales que en la realidad dolorosa que vivía.
En otra realidad se imaginó que a su abuela la operaban, que se recuperaría, que caminaría, que estarían siempre en la nueva casa, donde podría la anciana estar tranquila y en paz.
En una tercera realidad se imaginó ganar la lotería y adquirir un par de propiedades propios para ella y su hermano pequeño. Una casa propia, con su jardín o su huerta, ubicada en algún lugar cuyos puntos cercanos sean áreas comerciales.
Se imaginó otras realidades con hermanos de más, con padres juntos, con vidas tranquilas. Imaginó e imaginó... Lo que sea con tal de escapar de la realidad hospitalaria, del dolor de ver a su abuela murmurar, sin abrir los ojos, anhelando regresar a una casa que se había vuelto un infierno que otra cosa. Lo que sea con tal de mantener la esperanza de que todo saldrá bien, de que ella misma tendría tiempo para encontrar un empleo cuyo salario fuera suficiente para vivir en una ciudad donde la gentrificación era el pan de cada día, con los precios por los suelos y los salarios bajísimos.
Una voz la sacó de sus ensoñaciones. La trabajadora social había salido por fin a llamar a los familiares de los pacientes de urgencias. Con un suspiro, se levantó de su asiento y se acercó para unirse a la larga fila de personas que estaban esperando su turno para ver a sus parientes.