Yo que también estaba moribundo y sin ganas de apreciar la vida, sentí aquel fuego de empatía al querer posar los vestigios de mi voluntad sobre su pellejo, para que él siguiera sus andanzas y olvidara sus heridas. Desmigajado como estaba, deseaba hacerme un montoncito de esperanza donde él, al menos, se acostase y soñase que podía correr y cazar como otrora. Entendí ese era mi propósito final, y no me acobardé. Lo tomé, entonces, por su patita más aniquilada en color y forma para alzarlo y abrazarlo con los huesos que quedaban de mí. Se escapó mi último aliento y él maulló. Con eso me vi luego frío, cadavérico y lejano en una cama dura, en un solitario lugar donde brillaba un sol blanco, justo desde donde ahora garabateo todo esto.