Hace poco tuvimos el encuentro mensual de mi club de lectura @tejedoresdelibros, para discutir el libro del mes ¡Vivir! del autor Yu Hua. Este mes nos correspondió leer autores asiáticos, y para enriquecer la discusión tuvimos un invitado muy especial que nos invitó a escribir un cuento.
Como proceso creativo nos explicó que puede ser el desarrollo de un personaje secundario, o una trama diferente a la que ocurre en el libro. Siguiendo su consejo me atreví a escribir un cuento; de antemano me disculpo, pues no tengo experticia en eso de escribir, sin embargo me gusta muchísimo leer, y a veces hago una melcocha en mi cabeza de los libros que he leído durante el mes.
Es por ello que mi cuento se basa en un personaje secundario de la novela ¡Vivir! del autor Yu Hua, y en personajes y partes de las novelas: El sabor prohibido del jengibre y Hasta que volvamos a vernos del autor Jamie Ford. Estas tres novelas coinciden en la experiencia de la diáspora china y el impacto de los conflictos bélicos globales de la primera mitad del siglo XX, aunque con enfoques geográficos y políticos distintos.
En el período en que transcurren las novelas, los protagonistas de origen chino enfrentan un entorno hostil, por los cambios políticos y sociales en la Revolución China, o en los barrios marginales y políticas de exclusión de Estados Unidos.
Confieso que este proceso creativo se me hizo difícil; tuve que investigar un poco y procurar cuidar de los tiempos de las novelas, que fuesen coherentes con los tiempos históricos, que tuviese poesía, color, descripciones de escenas, y evocar alguna emoción: definitivamente un reto complejo.
Escribir es todo un arte, mi tributo y honra a los autores que relatan los acontecimientos históricos con la maestría de trasladarnos en un viaje en el tiempo, aprender y documentarnos. Este cuento está inspirado en esos momentos históricos difíciles que pasaron los chinos y japoneses durante la Segunda Guerra Mundial.
Dedicado a mi club @tejedoresdelibros, cuya selección y propuestas de lecturas mes a mes, me han abierto a un mundo de posibilidades.
La historia de Youquing
Mi abuelo materno, Chen Ji, se llevó a mi madre, Jiazhen, de regreso a su casa poco después de que mi padre, Fugui, perdiera absolutamente toda la fortuna familiar en el juego frente a Long Er y cayéramos en la extrema pobreza. En ese momento, mi madre estaba embarazada de siete meses de mí. Consternado e indignado por la ruina e irresponsabilidad de mi padre, mi abuelo llegó a la humilde choza donde la pareja se había refugiado, vestido con ropas elegantes y acompañado por una silla de manos, para exigirle a su hija que lo abandonara y regresara con la familia Chen. Aunque mi madre no quería marcharse, no tuvo más remedio que obedecer a su padre.
Una vez instalada mi madre en casa de mi abuelo, se iniciaron los preparativos para que ella viajara a Estados Unidos. Para ese momento resultó muy difícil para mi abuelo obtener el dinero y los permisos para salir del país. Estados Unidos tenía vigente la Ley de Exclusión China, que prohibía la inmigración de trabajadores chinos; además, el mundo entero estaba en conflicto por la Segunda Guerra Sino-japonesa y la Segunda Guerra Mundial, lo que dificultaba el paso de los barcos por el océano Pacífico.
Mi abuelo, como era un importante y respetable comerciante de arroz, tenía mucho dinero y contactos; aun así, los montos para salir del país eran sumas inalcanzables, por lo que sólo consiguió un boleto en tercera clase para mi madre. Yo aún estaba en su panza, tenía 7 meses de embarazo cuando nos embarcamos en esa gran aventura.
Mi madre estaba muy triste, pues dejaba a mi papá solo cuidando a mi hermana mayor, Fengxia, y a la abuela. La travesía en el barco fue muy agobiante para los dos: mamá se sintió enferma durante todo el trayecto que tomó el viaje, y yo sentía toda su angustia y tristeza. El área destinada a los pasajeros tenía una ventilación deficiente, con olor a humedad y combustible. Dormíamos en literas metálicas dentro de una gran sala compartida. La comida era racionada, las sobras de lo que el resto de los pasajeros dejaba. Además, sentía mucho miedo por los bombardeos frecuentes por parte de Japón a los barcos comerciales.
El 28 de marzo de 1939 desembarcamos en el Puerto de San Francisco, en California, donde los pasajeros chinos pasamos estrictos exámenes médicos e interrogatorios intensos para que nos concedieran la entrada. Dos semanas después nací yo, y me bautizaron Youqing, que significa “tener motivos para celebrar”.
Como no teníamos familia en Estados Unidos, mi abuelo contactó a uno de sus amigos de la infancia, a quien llamábamos el tío Leo, un anciano que tenía una lavandería en Seattle. Nos hospedamos en el barrio Seattle Chinatown, que albergaba no solo a personas provenientes de China, sino también de Japón, Filipinas, Vietnam y otros países de este y el sureste asiático.
En mis primeros años de vida, siempre estuve con mi madre mientras trabajaba en la lavandería del tío Leo, jugando mientras ella se dedicaba a planchar y cantar. Tenía una hermosa voz, y los clientes se deleitaban esperando que su ropa estuviera lista escuchando sus notas musicales.
Mi madre se empeñó en reunir todo el dinero posible para volver a China y reencontrarse con mi padre y mi hermana; aún sin tener noticias de ellos, se llenaba de esperanza cada día. Con lo poco que ganaba podíamos comer, comprar ropa para mí y pagar el alquiler del cuarto en el que vivíamos. Pero la mayoría de las veces, el tío Leo no le daba su dinero porque decía que con él estaba mejor cuidado.
Cuando cumplí los 6 años de edad, mi madre decidió dejar al tío Leo y la lavandería para emprender una carrera como actriz y cantante, dejándome en el Orfanato del Sagrado Corazón. Como era uno de los pocos niños de origen chino, me sentía muy solo y triste. Sin embargo, a la semana de mi llegada ingresó una niña llamada Keiko. Ella era de origen japonés y estaba allí porque sus padres fueron llevados a un campo de internamiento. Desde ese primer día nos hicimos muy amigos y establecimos un vínculo que jamás podría romperse.
Para todos los niños del orfanato éramos iguales: a ambos nos decían chinos. Pero mi amiga Keiko no se molestaba en dar explicaciones, sino que se sentía bien por no pasar por japonesa, pues en ese momento eran rechazados a causa de la guerra. Hacíamos los deberes juntos y también nos metíamos en problemas; éramos como hermanos jugando y riñendo todo el día. Cuando no estaba con Keiko, extrañaba mucho a mi madre, de la cual nunca tuve noticias durante mi estancia en el orfanato.
Uno de nuestros pasatiempos favoritos era visitar el jardín y escuchar una melodía maravillosa que provenía de la calle. Cuando nos asomamos a la reja, nos dimos cuenta de que había un señor de piel oscura tocando un instrumento musical. Una de las tardes que salimos de compras, me acerqué a disfrutar de su música; me dijo que se llamaba Oscar y que ese instrumento era su amigo el Clarinete. Desde entonces nos hicimos muy amigos, y todas las tardes nos dedicaba una canción a Keiko y a mí.
En marzo de 1946, la madre superiora organizó un paseo a la ciudad, pues se celebraba el aniversario del orfanato y todos los niños podíamos visitar el centro y comprar caramelos. Justo estábamos pasando por el hotel Panamá, situado a pocas cuadras de la estación principal de Seattle, cuando Keiko y yo nos llevamos una sorpresa. Yo vi un enorme cartel pegado a la pared con una foto de una cantante igual a mi madre. En el anuncio se mostraba a una mujer muy hermosa con traje occidental llamada Willow Frost, que estaría de gira por Seattle ese mes.
Keiko recordó que, antes de que sus padres partieran, pasaron por ese lugar para dejar sus pertenencias. Keiko se puso muy triste, pues tenía la esperanza de poder ver pronto a sus padres, y yo estaba feliz porque por fin tenía noticias de la mujer que sentía que era mi madre. Para ese entonces teníamos apenas 7 años.
En la noche, al momento de la cena, Keiko y yo nos dispusimos a elaborar un plan para escapar del orfanato y acudir al teatro donde se estaría presentando mi madre. En mi mente había repasado cada instante de lo que le diría, sentir fragancia, su voz y, sobre todo, la calidez de su abrazo. El único detalle era que éramos muy pequeños y no sabíamos cómo desenvolvernos en la ciudad. Por suerte, Keiko se acordó de nuestro amigo Oscar, quien por ser músico seguro estaría de acuerdo en acompañarnos.
Llegado el día de la presentación, después de la cena nos escabullimos por la puerta principal, no sin antes dejarle a la madre superiora su té cargado con una buena dosis de somnífero, que la tendría roncando hasta el día siguiente. Oscar nos estaba esperando en la reja y, mientras entretenía al celador, nos dio oportunidad de escabullirnos por la cerca. Cuando llegamos al teatro, Oscar nos compró las entradas y nos pidió que ubicásemos los asientos mientras él saludaba a unos amigos. Al entrar nos asombramos al ver el lujo del Teatro Moore; el decorado y los acabados lo hacían ver enorme.
Cuando anunciaron que la obra iniciaría con un solo del pianista Oscar Holden, no podíamos creer que era nuestro amigo quien estaba en el escenario. Tocó una canción que a Keiko y a mí nos encantó, llamada Alley Cat Strut; luego lo acompañó mi madre, y juntos interpretaron varias canciones del género jazz. El público deliraba con su tono de voz, pues eran pocas las mujeres chinas que interpretaban jazz.
Finalizada la obra, me escabullí a los camerinos y, tras bambalinas del Teatro Moore, me pude reencontrar con mi madre, quien firmó un autógrafo con el nombre “Jiazhen”. Esa misma noche decidió quedarse conmigo y me dijo que ya no era necesario que volviese al orfanato. Me contó por todo lo que había pasado durante su estancia en la lavandería, el maltrato del tío Leo y sus motivaciones para dejarme en el orfanato mientras hacía dinero. Realmente mi madre pasó momentos muy difíciles, lejos de sus hijos y de su esposo, pero tenía la firme convicción de ahorrar lo suficiente para traerlos a todos a América.
El tiempo que viví con mi madre estuvo lleno de altibajos. Aunque estábamos en un lugar muy bonito en el centro de la ciudad, por su trabajo la veía poco; la mayor parte del tiempo estaba solo o al cuidado de la niñera. Cuando llegaba, era muy tarde en la noche y siempre con un hombre diferente, de quienes decía que eran sus amigos que pagaban las cuentas. Mi madre pasaba por momentos de mucha tristeza y se preguntaba cómo sería su historia si se hubiese quedado en China con mi padre. “Seguramente sería muy pobre, pero feliz de que estuviésemos juntos”, me decía mientras bebía whiskey. Finalmente, su salud mental se deterioró y falleció por una sobredosis.
Gracias a su fama y talento, y a los amigos que pagaban las cuentas, hizo mucho dinero y ahorró lo necesario para que yo pudiese continuar los estudios, graduarme en la escuela secundaria y luego estudiar medicina en la universidad. Siempre me hacía prometerle que estudiaría mucho, que sería un buen hijo lejos del juego y el vicio, y que algún día volvería a buscar a mi padre y a mi hermana si a ella le pasaba algo.
Mi único propósito en la vida era volver a estar con mi familia, recorrer el camino que hicieron mis padres y honrar su esfuerzo. De mi infancia recuerdo el olor a detergente y el vapor de la plancha, las canciones que me cantaba mi madre para arrullarme y la compañía de mi amiga Keiko, a quien volví a ver en varias ocasiones cuando la visitaba a su casa. Poco después de mi salida del orfanato, Keiko se reencontró con su familia; para ese entonces habían cerrado el último campo de reclusión.
Como único varón y heredero del apellido, tenía el deber de honrar a mis padres y retribuirles, así que en cuanto culminé la carrera, y con el dinero que tenía ahorrado, decidí viajar a China. Gracias a las postales que recibía mi madre de parte de mi abuelo, ubiqué su dirección y llegué finalmente al pueblo donde se encontraban mi padre y mi hermana. Por estar tantos años en Estados Unidos, hablaba poco el idioma; sin embargo, no fue problema llegar al lugar y comunicarme con mi gente.
Cuando llegué, mi padre yacía viejo, estaba arreando un buey y le escuché decir:
“El buey ara el campo, el perro vigila la casa, el monje mendiga, el gallo anuncia la mañana y la mujer teje; ¿dónde se ha visto un buey que no are? Así ha sido desde la antigüedad. ¡Vamos! ¡Muévete!”
Fin.