El viernes pasado arrancó como cualquier otro. Salí de la oficina a eso de las seis de la tarde, con la cabeza quemada de planillas de Excel y reuniones que podrían haber sido un mail. Lo único que quería era meterme en el subte, ponerme los auriculares y que me devuelvan a casa.
Llegué a la boca de la línea A, pasé la SUBE y bajé al andén. El calor abajo era insoportable y el cartel luminoso ya tiraba mala espina. A los pocos minutos, por los altoparlantes anunciaron lo peor: servicio limitado, demoras por desperfecto técnico y el tren se quedaba en estación Loria.
Cuando nos bajaron a todos a los empujones y resoplidos, miré el reloj y después el mapa del celu. Estaba a seis kilómetros largos de casa. Pensé en tomarme un colectivo, pero la fila daba la vuelta a la esquina y los bondis pasaban explotados de gente.
Así que, con pocas pulgas y los zapatos que ya me venían molestando, suspiré hondo y arrancé a caminar por Rivadavia.
Al principio iba con bronca, puteando en voz baja al gremio, al subte y a mi suerte. Pero a medida que pasaban las cuadras, el ritmo de la caminata me empezó a aflojar el cuerpo. El cielo de Buenos Aires estaba fresco, con ese airecito típico de viernes a la noche donde la gente ya se olvida de la semana. Vi kioscos abiertos con olor a panchos, gente haciendo fila en la verdulería y pibes sentados en la vereda tomando una birra.Pasé por Caballito, crucé algunas avenidas esquivando tachos de basura y charcos traicioneros, y para cuando quise acordar ya estaba entrando a Flores.
Mis piernas me pedían un remís, sí, pero llegar a casa a pie, con el frío de la noche pegándome en la cara, me terminó despejando la cabeza como pocas cosas. Cuando al fin abrí la puerta de casa, me saqué las zapatillas con un alivio tremendo y pensé que, dentro de todo, la caminata forzada me había salvado el viernes.
Foto(s) tomada(s) con mi smartphone Samsung Galaxy S22 Ultra.