Iba caminando con prisa hacia el subte porque llegaba tarde, como casi siempre. En la esquina de la avenida Rivadavia con avenida Carabobo, un viejito con abrigo gastado tenía un balde lleno de rosas y me gritó: «¡Llevale una a tu novia, capo, que hoy es viernes!». Le dije que no tenía novia, pero me dio tanta pena verlo tiritar de frío que le compré la única rosa amarilla que le quedaba, envuelta en ese plástico sencillo.
Subí las escaleras mecánicas pensando qué carajo iba a hacer con la flor en la oficina. Me imaginaba la carita de mis compañeros burlándose.
Al entrar al vagón, iba repleto. Me quedé parado cerca de la puerta aguantando el empujón de la gente para no aplastar el capullo. Al lado mío viajaba una señora mayor, de esas que llevan el carro de la compra lleno de verduras y se ven rendidas después de un largo día. Noté cómo miraba la flor. No era una mirada de envidia, sino de pura nostalgia, como si ese color amarillo le estuviera trayendo un recuerdo muy lejano.
Antes de llegar a mi parada, sin pensarlo mucho, me acerqué y le estiré la rosa.
—Tome, señora. Es para usted —le dije, medio avergonzado.
La mujer se quedó helada. Miró la rosa, me miró a mí y, con una sonrisa enorme que le arrugó toda la cara, me dijo: «Hacía más de diez años que nadie me regalaba una flor. Mi marido me las traía de este mismo color».
Me bajé del subte con las manos vacías, pero con el pecho un poco menos pesado. A veces un gesto de cinco segundos cambia todo el día, el tuyo y el de alguien más.
Foto(s) tomada(s) con mi smartphone Samsung Galaxy S22 Ultra.