El reloj marcaba las 6:15 a.m. cuando el primer clic del encendedor rompió el silencio de la cocina. El azul pálido de la llama saltó a la vida bajo el budare de hierro fundido, el mismo que mi abuela usaba y que ahora, curado por décadas de uso, mostraba sus marcas de batalla con una pátina oscura y brillante. No es un sartén antiadherente moderno; es una reliquia curtida que requiere paciencia.
Sobre la superficie ya caliente, coloqué dos discos de masa que había preparado la noche anterior. Esta no era la masa de maíz tradicional de mi infancia. Con los años y un susto del médico, la harina de maíz había dado paso a una mezcla más consciente: avena molida y una generosa cantidad de semillas de chía. Al principio, la textura me resultaba extraña, pero ahora, el aroma a nuez que emanaba de la avena al tostarse me resultaba tan reconfortante como el del café.
Mientras las arepas se doraban, las semillas de chía atrapadas en la superficie parecían pequeñas joyas oscuras que se volvían crocantes. Me quedé allí, solo con el sonido sutil de la humedad evaporándose de la masa, un psssst casi inaudible que señalaba que la base se estaba sellando. El budare, fiel a su historia, transfería el calor de manera desigual, creando esas manchas marrones irregulares y tostadas que tanto me gustan. No son perfectas; son mías.
Usé una espátula de madera desgastada para darles la vuelta. El lado inferior ya estaba firme, con ese color dorado y tostado que promete un exterior crujiente y un interior suave. El olor a hogar, a cuidado y a nuevos comienzos se intensificó. No son las arepas con las que crecí, pero son las arepas que me permiten seguir creciendo.
Cada tostado en este budare viejo es un pequeño pacto silencioso con mi salud, un ritual de amor propio cocinado a fuego lento en la quietud de la mañana. Mañana, el ritual se repetirá, y el budare estará listo, esperando.
Foto(s) tomada(s) con mi smartphone Samsung Galaxy S22 Ultra.