Evite ser utilizado

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La lluvia de Buenos Aires no es como la de Caracas. Allá te empapa y te ríes; acá te hiela y te encorva. Caminaba por Corrientes, con las manos hundidas en los bolsillos, buscando escapar de una llovizna pertinaz que me recordaba la fragilidad de mi abrigo. Mis ojos, entrenados para encontrar tesoros en el caos, se toparon con una vitrina polvorienta. Era una librería de viejo, de esas que huelen a historia y a humedad.

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No buscaba nada en particular. Tal vez solo un respiro del frío y un momento de introspección entre estantes desordenados. Pero entonces, lo vi. El mismo color de la portada, la tipografía inconfundible, el nombre de ese autor que una vez, hace tanto tiempo, pareció tener todas las respuestas. Era una edición de Evite ser utilizado, de Wayne W. Dyer, pero no cualquier edición.

Tenía ese desgaste característico, las esquinas dobladas de tanto leerlo en el metro, la pequeña mancha de café en el lateral que, en mi memoria, era una marca de autor. Pero había algo más, un detalle que me detuvo en seco. Justo debajo del título, alguien, con una letra que conocía demasiado bien, había escrito a mano: "Y no dejes que te manipulen".

No era una nota de pie de página. Era un recordatorio, una advertencia, una promesa. Y yo sabía quién la había escrito.

Me costó recordar su cara. Han pasado veinte años, un océano y una vida entera. Pero recordé su risa. Recordé cómo le gustaba leer en voz alta, cómo siempre tenía una opinión sobre todo y cómo, a pesar de sus inseguridades, tenía una fuerza interior que yo envidiaba.

Habíamos sido amigos, o algo parecido a amigos, en una época en la que la vida parecía más sencilla y los sueños más alcanzables. Él había sido el que me había prestado ese libro, me había dicho que le cambiaría la vida y que le gustaría que a mí también.

No recuerdo si le cambié la vida. No recuerdo si a mí me la cambió. Pero sí recuerdo la última vez que lo vi. Estábamos en una fiesta de despedida, una de esas fiestas en las que nadie se despide porque nadie quiere creer que se va de verdad.

Me dijo que se iría pronto, que había conseguido un trabajo en Argentina. No me lo creí. Nadie se iba de verdad. Todo el mundo volvía.

Pero él no volvió. Y yo tampoco.
Pasaron los años. El tiempo se encargó de diluir los recuerdos, de desgastar las relaciones, de convertir a los amigos en extraños. Yo seguí con mi vida, me casé, tuve hijos, me divorcié y me volví a casar. Él, supongo, hizo lo mismo.
O tal vez no. Tal vez su vida fue más fácil, o más difícil. Tal vez sus sueños se cumplieron, o tal vez se rompieron en mil pedazos. No lo sé.

Pero lo que sí sé es que, en ese momento, frente a esa vitrina polvorienta, sentí una conexión con él, una conexión que no había sentido en veinte años. Sentí que estaba allí, conmigo, en esa librería de viejo, con su risa y su letra apresurada.

No compré el libro. No lo toqué. No quería romper el hechizo, no quería que la realidad empañara el recuerdo.

Pero me quedé allí, frente a la vitrina, durante mucho tiempo. La lluvia seguía cayendo, pero ya no la sentía. Mi abrigo ya no me parecía tan frágil. Y la vida, a pesar de todas sus incertidumbres, me parecía un poco más llena de posibilidades.

Porque sé que, en algún lugar de esta ciudad, él también está. Y tal vez, algún día, nuestros caminos se vuelvan a cruzar. Y tal vez, en ese momento, tengamos la oportunidad de recuperar el tiempo perdido y de volver a ser los amigos que fuimos una vez.

O tal vez no. Pero la esperanza, al menos por ahora, es suficiente.

Caminé de vuelta a casa, con el libro en mi mente y su risa en mis oídos. La lluvia ya no me parecía tan fría. Y yo tampoco me sentía tan solo.





Foto(s) tomada(s) con mi smartphone Samsung Galaxy S22 Ultra.

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