Nota: La siguiente historia está basada en un sueño real que tuve recientemente. Gran parte del relato describe exactamente lo que soñé, pero decidí agregarle más detalles y mi propia interpretación sobre su significado al final para darle forma de relato.
Todo comenzó con un ruido ensordecedor. El suelo rugió con una violencia que no podría explicar con palabras. Fue un terremoto que, si tuviera que colocarle una escala, habría sido de magnitud 9020, una fuerza que desafiaba toda lógica humana.
Ante mis propios ojos, nuestro majestuoso Ávila no solo tembló, sino que se partió en pedazos. Literalmente. De sus inmensas grietas empezaron a brotar fuego y ríos de lava que iluminaban el cielo nocturno de Caracas con un tono rojizo y apocalíptico. Y entonces, en medio de ese caos de humo y llamas, apareció.
Era Jesús pero gigantesco, del mismo tamaño que la montaña rota. Su mirada era penetrante y no escuché palabras, me dejó sin habla al instante. Ese fue el punto en el que supe que era el fin del mundo. El terror era tan grande que caí de rodillas. Mientras los edificios se derrumbaban a mi alrededor, cerré los ojos y comencé a rezar con una desesperación y dedicación que nunca había tenido en mi vida.
De repente, todo ese caos y estruendo se apagó. Quedó un silencio profundo y pesado.
"Desperté" en una versión en ruinas y súper lúgubre de la ciudad. Al principio estaba desorientada. Cuando miré alrededor, me di cuenta de que había dos tipos de personas, las de carne y hueso, y las translúcidas (como yo). A todos los efectos prácticos de este sueño, estaba muerta. Empecé a caminar entre los escombros llenos de ceniza y me di cuenta de que la mitad estábamos "muertos" y la mitad no.
Intenté hablar con los vivos, pero no podían oírme. Pero una chica aparentemente "viva" me miró directamente a los ojos y respondió con total claridad. No entendía nada en absoluto: ¿por qué podía hablar perfectamente con ella y para los demás simplemente no existía?
—No estás soñando —me dijo—. El fuego y la montaña partida que viste fueron la culminación de lo que ya estaba escrito. El mundo tal y como lo conocías llegó a su fin.
Cuando le pregunté por qué era la única persona que parecía notar mi presencia, me reveló su verdadera naturaleza. Me explicó que ella no era como los demás; era una especie de médium, la única en todo ese desolador escenario capaz de ver el cuadro completo. Tenía el don de comunicarse tanto con los vivos como con los muertos, moviéndose libremente entre ambos planos.
Me aclaró que la gran separación ya había comenzado. Los que habíamos trascendido y los que seguían con vida estábamos ahora en dimensiones distintas. El hombre que me ignoró minutos antes estaba en el plano terrenal, del otro lado de un abismo espiritual infranqueable, desconectado por completo. Yo vibraba en la sintonía de los que nos aferramos a la fe en el momento final, pero sin ella —la médium, la única capaz de servir de puente— nadie nos habría escuchado.
Antes de irse, esta médium me dejó un mensaje que me sacudió más al despertar. Dijo que todo lo que estaba sucediendo hoy—las tragedias, los terremotos cada vez más fuertes, las enfermedades extrañas que surgen de la nada—no eran aleatorias. Son advertencias, los síntomas de que el tiempo de esta tierra se está acabando, tal como siempre se ha escrito.
Me desperté con el corazón súper acelerado, el teléfono vibraba sin parar sobre la mesita de noche. Al desbloquearlo, vi las notificaciones de los canales de emergencia: "Terremoto de magnitud 6.8 sacude las costas de Japón en la madrugada de hoy" y "Científicos advierten sobre un comportamiento sísmico nunca antes registrado en el planeta".
Dejé el teléfono a un lado y pude ver perfectamente mi reflejo en el espejo. Al menos ya no era translúcida, pero las noticias me confirmaron lo que la médium me susurró al oído: aún no es el fin, pero es el principio del fin. Apagué el celular y, por primera vez en meses, no encendí la televisión. No necesitaba ver el mundo arder para saber que el fuego ya estaba encendido.
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