Las 04:12 de la mañana tienen una textura muy particular en los pasillos de urgencias. A esa hora, el aire se siente denso, tibio por el calor acumulado de los equipos y impregnado de ese olor penetrante a desinfectante y café rancio.
Daniel llevaba 22 horas despierto. Sus párpados pesaban tanto que la montura de sus lentes empezaba a marcarle una hendidura molesta sobre el puente de la nariz. Detrás de la mascarilla quirúrgica, el aliento caliente volvía una y otra vez a humedecerle la piel, pero ni siquiera tenía la energía suficiente para reacomodársela. La cofia azul, torcida y sudada, le apretaba las sienes con una presión sorda que parecía marcar el pulso de su cansancio.
Apoyó la espalda contra la pared blanca del pasillo de descanso. La luz fluorescente sobre su cabeza emitía un zumbido intermitente, imperceptible para cualquiera que estuviera despierto en el día, pero exasperante para alguien que llevaba tres cirugías consecutivas. La última había durado casi cinco horas: una apendicitis complicada con peritonitis que exigió cada milímetro de su concentración para evitar un desastre.
Al cerrar los ojos unos segundos, no veía oscuridad; veía el brillo de los bisturís bajo las lámparas cialíticas, la vibración de los monitores de signos vitales y el ritmo pausado de la respiración del paciente sedado.
En la pared, justo encima de su cabeza, los cables conectados a las tomas de corriente parecían un mapa enredado. Daniel cruzó los brazos sobre el pecho, sintiendo cómo el Scrub azul se le pegaba a la espalda. El cansancio extremo en la medicina de urgencias no es solo físico; es esa bruma mental donde los minutos se vuelven elásticos, donde el dolor ajeno y la responsabilidad propia pesan exactamente lo mismo.
Un sonido metálico al fondo del pasillo —alguien arrastrando un carro de curaciones— lo devolvió a la realidad. Faltaban dos horas para el cambio de turno. Dos horas en las que cualquier llamada por altavoz podía obligarlo a lavarse las manos de nuevo, ajustarse los guantes de látex y simular una lucidez que ya no le quedaba.
Inhaló despacio por la nariz, sintiendo cómo la mascarilla se colapsaba levemente contra su rostro. "Dos horas más", se dijo en silencio. Solo dos horas.
Foto(s) tomada(s) con mi smartphone Samsung Galaxy S22 Ultra.