¿Si me caigo hacia arriba...?

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Eran las siete de la tarde y el piso 12 de las oficinas ya estaba casi desierto. Solo quedaba ese silencio pesado que tienen los edificios modernos cuando se apaga el aire acondicionado.

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Julián se quedó un momento parado en el centro del salón, justo frente a los pufs de color uva. Estaba cansado de revisar balances, pero al levantar la vista, algo lo detuvo. El techo no era un techo normal; era una serie de láminas metálicas que devolvían una imagen distorsionada, como si el suelo estuviera flotando sobre su cabeza.

Por un segundo, tuvo una sensación extraña: el vértigo de que el mundo se había dado la vuelta.

—Si me caigo hacia arriba, ¿dónde termino? —pensó con una sonrisa cansada.

Se sentó en uno de los asientos acolchados y se quedó mirando su propio reflejo allá arriba. En el espejo del techo, su figura se veía pequeña, rodeada de rectángulos de luz y sombras largas. Parecía que vivía en una realidad paralela, una más ordenada y brillante donde los problemas de la oficina no existían.

De repente, el sensor de movimiento detectó que no había nadie caminando y las luces del fondo se apagaron. Julián se quedó a oscuras, solo con el brillo tenue que venía de los pasillos. En ese momento, el techo dejó de ser un adorno de diseño para convertirse en un portal profundo y oscuro.

Se levantó, agarró su mochila y caminó hacia la salida. Antes de cerrar la puerta, echó una última mirada. El salón vacío, con sus muebles morados y su techo infinito, parecía esperar a que alguien más, quizás en ese mundo del revés, apagara también la luz para irse a casa.





Foto(s) tomada(s) con mi smartphone Samsung Galaxy S22 Ultra.

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