LA CASA DE LA CIÉNAGA (Capítulo 1: Monedas de Cobre.) 1a parte

jespot(25)
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Fuera, la lluvia azota con violencia los cristales de madera podrida. La ciénaga retumba a lo lejos.

Dentro, el ambiente es denso. Huele a humedad, cera quemada y flores marchitas. Decenas de velas iluminan débilmente el salón de una casa antigua donde el tiempo parece haberse detenido en el siglo pasado.

En el centro del salón descansa un ataúd de madera oscura, abierto.

Alrededor del féretro, una docena de vecinos de Las Cruces permanecen inmóviles. Nadie habla. Nadie llora. Las miradas entre ellos son de una paranoia contenida.

Aytana permanece de pie en una esquina del salón, vestida de negro, abrazándose a sí misma. Observa el espectáculo con incomodidad y dolor.

Don Julián, el alcalde, un hombre de hombros anchos y mirada severa, da un paso al frente junto a dos ancianos del pueblo.

Julián saca del bolsillo de su saco dos monedas de cobre desgastadas, gruesas, con inscripciones casi borradas. Se inclina sobre el cadáver de Candela, una mujer de rostro surcado por arrugas profundas y cabello blanco canoso.

Julián coloca una moneda sobre el párpado izquierdo de Candela y la otra sobre el derecho.

Los tres ancianos comienzan a murmurar un rezo en un idioma gutural, seco, que no suena a nada religioso.

Aytana da un paso hacia adelante, frunciendo el ceño.

- ¿Qué están haciendo? En el funeral de mi padre no hicieron nada de esto. (Susurra Aytana)

Julián se gira despacio. Los demás vecinos la miran con rechazo automático.

- Son las costumbres de esta tierra, Aytana. A los que conocen los caminos de la noche hay que sellarles los ojos para que no encuentren el camino de vuelta.

- Mi abuela era una anciana enferma. No un monstruo.

- Tu abuela era muchas cosas. Y ninguna de ellas era inocente.

Julián mira su reloj de bolsillo. Son las 23:45.

- Es la hora. El bosque se cierra antes de la medianoche. Vámonos.

Sin ofrecer un solo pésame ni cruzar una mirada más con Aitana, la comitiva de vecinos camina en fila india hacia la salida, apresurando el paso como si la casa estuviera a punto de colapsar sobre ellos.

Julián se detiene un segundo junto a la puerta principal, mirando a Aytana.

Tu abuela tenía muchas deudas con este pueblo, muchacha. Espero que tú seas más sensata que ella y no intentes hurgar donde no te llama nadie.

Julián sale y cierra la puerta con fuerza. El cerrojo retumba.

El silencio en la casa se vuelve ensordecedor, roto únicamente por el martilleo de la lluvia.

Aytana camina despacio hacia el ataúd. Sus pasos crujen en la madera del suelo. Se detiene frente al cuerpo de su abuela.

- Me dejaste sola con estos locos, abuela... ¿Qué demonios querían de ti?

(Susurrando, al borde de las lágrimas)

Aytana extiende la mano, temblorosa, y toca los dedos fríos de Candela.

Las llamas de las velas enloquecen, estirándose hacia arriba. El aire en la habitación pierde temperatura de golpe; el aliento de Aytana se vuelve vapor visible.

Las dos monedas de cobre sobre los ojos de Candela empiezan a brillar de una incandescencia roja. El metal se derrite a una velocidad imposible, convirtiéndose en dos hilos de metal líquido ardiente que corren por las mejillas de la difunta como lágrimas de fuego.

Aytana ahoga un grito e intenta retirar la mano, pero la mano muerta de Candela SE CIERRA CON FUERZA SOBRE SU MUÑECA.

Intenta zafarse, aterrorizada, pero la fuerza del cadáver es inhumana.

Los ojos de Candela no se abren, pero su boca seca se entreabre. Una voz rasposa, múltiple, susurra directamente en el oído de su nieta:
- Cuídate del fuego... está en la tierra... No se lo des...

Aytana pega un tironazo violento, soltándose y cayendo de espaldas contra el suelo.

Respira agitadamente, con el corazón saliéndosele del pecho.

Mira el ataúd. Candela yace completamente inmóvil. Las monedas de cobre están intactas sobre sus ojos, frías y opacas. Las velas arden con normalidad.

Se mira la muñeca: tiene la marca roja de cinco dedos grabada en la piel.

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