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El silencio que invadía el salón del trono era pesado. Los invitados mantenían la respiración mientras Juliana Korr contemplaba la mano que se extendía frente a ella.
El general Marcus Junius Vetala, un poderoso general del ejército del planeta Helicon, la había invitado a bailar una danza local. Su sonrisa encantadora, de esas con las cuales el hombre encandilaba a las mujeres, parecía ser genuina... Para todos excepto para Juliana.
La joven, hija de una familia de menor rango en la corte, había sido testigo accidental de una conspiración que involucraban sus sentimientos, su honor y su dignidad. La conspiración consistía en que Vetala seduciría a Juliana; los participantes apostaban a que la hija tímida del baronet Korr caería en alguna fecha cercana al Festival de la Cosecha. Si el general Vetala ganaba, sería acreedor de 50 lingotes de plata neptuniana.
Dado que Vetala confiaba mucho en sus dotes de hombre seductor, de inmediato se puso a trabajar en ganarse el afecto de la muchacha con distintas estrategias, desde encontrarse por "accidente" en los mismos lugares que ella hasta empezar a desvivirse en halagos. Todo eso sin saber que Juliana les había escuchado detrás de los setos de los jardines del Senado Heliconiano hace dos meses, con descripciones no muy halagadoras.
Tomando en cuenta todo aquello, Juliana decidió dejar que el general hiciera todo el ridículo necesario, fingiendo santo y seña de que estaba cediendo a sus intentos de seducción.
Esbozando una sonrisa que no era para nada amable, Juliana le dijo: "General Vetala, agradezco los... ¿esfuerzos, quizás?, de conquistar mis afectos. Estuve a una de creer que lo suyo es genuino y no porque estaba usted detrás de 50 lingotes de plata neptuninana".
Un nuevo silencio invadió la estancia. El rostro de Vetala reflejaba un estado de shock absoluto. Juliana añadió: "Hace un par de meses estaba paseándome en los jardines del Senado esperando a mi padre. Su "amiga", la favorita del rey, no era una persona discreta cuando se trata de echarse una buena carcajada. Y menos el resto de sus amigos, en cuanto a referirse a mí como "ratón de biblioteca" en un tono insultante y ofensivo. Ahora, se preguntará porqué no hice nada. Mi respuesta es esta: porque quería divertirme un poco viéndolo hacer estupideces que daban más pena ajena que todas sus amistades juntas".
Con una reverencia, Juliana se apartó del general y se encaminó hacia donde estaba su familia. El general Vetala, apretando su mandíbula, replicó: "¿Y si esto no es por la apuesta?"
Juliana se detuvo. Volviéndose, le contestó: "Dice eso porque no soporta perder, general. Si fuera realmente un hombre honesto, un hombre de honor, ni siquiera se habría prestado a este circo".
Vetala no dijo nada. Se limitó a retirarse del salón, con una frustración evidente en el rostro. Por su parte, Juliana reanudó su caminata hacia donde estaba su padre.