O te mueves o te mueres

Words
534
Reading
3 min
Listen
Play
11h

Para Tomás, los últimos veintiocho días no habían sido simplemente veintiocho días. Habían sido una batalla silenciosa contra la inercia, librada en el pavimento de su barrio, cada día más temprano.

Todo comenzó con una visita al médico que lo dejó frío: "Tomás, o te mueves, o tu corazón no te va a esperar". Así de simple. Así de crudo.

El primer día fue un desastre. Se puso unas zapatillas viejas que le hicieron una ampolla antes de llegar a la esquina. Su meta era modesta: diez mil pasos. Llegó a los ocho mil y pico, sintiéndose como si hubiera corrido una maratón. Casi lo deja. "Esto no es para mí", se dijo. Pero la cara de su nieta, Martina, pidiéndole que le enseñara a montar en bici, le recordó el porqué. El porqué es lo único que te hace levantar cuando te duelen hasta las pestañas.

1000746247.jpg

Pasó la primera semana. La ampolla se curó. Las zapatillas eran nuevas, de color negro, discretas. Ya no eran una tortura. Tomás empezó a notar cosas. El panadero que abría a las seis. La familia de gatos que se mudaba de un jardín a otro. El aroma de las glicinias que empezaban a florecer. Sus pasos se convirtieron en su momento de meditación.

La segunda semana, el clima se puso feo. Llovió tres días seguidos. Cualquiera hubiera tenido la excusa perfecta para quedarse en la cama. Él no. Se compró un impermeable amarillo chillón y salió igual. La gente lo miraba como a un loco, pero él se sentía poderoso. "Hoy no hay lluvia que me pare", se decía a sí mismo, y el chap-chap de sus pasos rítmicos era el único sonido en la calle desierta. Se dio cuenta de que el reto no era físico, era mental.

Llegó la tercera semana y el "reto de los 28 días" ya no era algo que hacía, era quién era él ahora. Se sentía más ligero, más despierto. Empezó a usar la lámpara de escritorio LED de pinza, esa que su hijo le había regalado, para preparar su ropa de deporte y sus llaves la noche anterior. Ya no tenía que pensar por la mañana; solo ponérselo y salir. El rincón del escritorio, antes lleno de facturas, ahora tenía un vaso de agua y sus auriculares.

Y por fin, el día veintiocho. Fue el amanecer más tranquilo. No había prisas, ni dolor. Solo el ritmo familiar de sus pies. Cada paso se sentía como una victoria. Al llegar a su portal, respirando hondo, sintió la vibración en su muñeca izquierda. Miró su reloj inteligente.

La pantalla negra se iluminó con el mensaje. ¡Genial! 28 días seguidos. Y más abajo, ¡Asombroso! Alcanzó su objetivo de pasos 28 días seguidos. Sonrió. No era solo un mensaje digital; era la confirmación física y visible de un compromiso con su propia vida. Entró a su casa, se sirvió un vaso de agua y miró la lámpara en su escritorio. Hoy no había sido solo el final de un reto; había sido el primer día de un nuevo Tomás. El Tomás que, por fin, podía enseñarle a Martina a montar en bici sin cansarse.





Foto(s) tomada(s) con mi smartphone Samsung Galaxy S22 Ultra.

SeparadorSteemit10.png

20200113_094257.png

O te mueves o te mueres | Ecency