A las cuatro de la mañana, Palermo entra en un silencio raro. De esos que dura cinco minutos antes de que pase el primer colectivo de la línea 39 a romper todo.
Rodrigo tenía las manos manchadas de negro y rosa viejo, y las uñas llenas de fino polvo de pintura. Le dolía la espalda de estar agachado sobre la vereda del local de repuestos que le habían habilitado para pintar. Tenía 17 años recién cumplidos, pero cuando agarraba la lata de aerosol, el tiempo iba a otro ritmo.
Le faltaba lo más jodido: las sombras del peinado y la sombra proyectada de los lentes.
—Te estás quedando sin amarillo, pibe —le dijo una voz a sus espaldas.
Rodrigo dio un saltito, sobresaltado. Era Don Carlos, el diariero de la esquina, que venía arrastrando los paquetes del diario de la mañana con un pucho apagado entre los labios.
—Tengo un puf más en la mochila, Carlos. Llego justo —contestó Rodrigo, limpiándose la frente con el antebrazo.
—Le pusiste lentes de sol a la ponja... Qué locura esta juventud.
—Es una geisha moderna, Carlos. Mirá el contraste con las flores de abajo. Si le dejo los ojos normales queda re formal. Así tiene actitud.
El viejo se quedó mirando la pared un rato. La persiana de metal de al lado estaba baja, llena de stickers viejos y mugre, pero el tramo que había pintado Rodrigo parecía cobrar vida propia. La mezcla de la pintura sintética todavía fresca olía fuerte, mezclándose con el olor a humedad de las veredas porteñas.
Rodrigo no pintaba por fama en Instagram ni para que lo llamen de galerías finas en Recoleta. Pintaba porque era la única forma en que la cabeza le paraba un poco. En su casa la cosa estaba difícil; la plata no alcanzaba y las discusiones entre sus viejos eran el ruido de fondo de todos los días. Pero ahí, frente al revoque frío, manejando la presión de la válvula con el índice, él tenía el control de todo.
Dio las últimas pasadas de blanco en los pétalos del pelo y en los detalles del kimono. Guardó los aerosoles golpeados en la mochila de la escuela, se limpió las manos en el jean y dio dos pasos atrás para mirar el resultado. La chica de los lentes lo miraba fijamente desde la pared, impasible, como si llevara ahí toda la vida.
—Quedó linda, che —dijo Carlos, tirando la colilla al cordón—. Pasate más tarde que te regalo un café de la máquina.
Rodrigo sonrió, se acomodó la mochila pesada en los hombros y empezó a caminar hacia la parada del colectivo mientras la ciudad empezaba a despertarse. Las manos le iban a quedar manchadas por un par de días, pero la pared ya no estaba vacía.
Foto(s) tomada(s) con mi smartphone Samsung Galaxy S22 Ultra.