La bahia de Matanzas

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El mulato se llamaba Reynaldo. Alto, flaco hasta el hueso. Las costillas se le marcaban bajo la camiseta como los travesaños de una escalera rota. Los pómulos le partían la cara en dos. Llevaba un saco de nailon al hombro con las latas aplastadas, sonando a hueso seco, y caminaba con ese paso largo y desgarbado de quien no ha comido en dos días pero lleva medio litro de ron en la sangre.

El otro era más blanco. Más ancho, aunque ancho era un decir. Tenía la cara hinchada, roja, con las venitas reventadas alrededor de la nariz. Un corte en el antebrazo que ni sangraba ni cerraba. Las manos gruesas, agrietadas, con las uñas negras. Se le veía el alcohol en la piel, en los ojos, en el temblor fino de los dedos cuando encendía un cigarro.

Se habían conocido esa mañana en la cola de Materias Primas. Veinte latas aplastadas cada uno. Una miseria. El mulato compró una botella de ron de plástico, de ese que huele a farmacia. El blanco compró lo suyo y un pan duro que mordisqueó camino a la bahía.

Ahora estaban en el ranchón. Un ranchón de guano en la orilla, con cuatro o cinco sombrillas de palma, todas rotas, todas torcidas, con los troncos pelados y las hojas secas cayendo. Debajo de una de ellas, dos bloques de cemento por asiento. La bahía de Matanzas enfrente, quieta, verde oscura, oliendo a combustible y a manglar podrido. Un bote de remos volcado en la orilla. Al fondo, el puente de la Concordia, los edificios descascarados.

Bebían por turnos. Hablaban.

—Yo soy de Camagüey —decía el mulato—. De cerca de Nuevitas. Trabajaba en la refinería. Hasta que se acabó.

—Yo soy de Cárdenas. Pintaba paredes en un hotel. Me botaron por borracho.

—¿Cuántos días?

—Cuatro. El tercero no sé si fui.

Se rieron. Una risa corta, seca. El mulato bebió. Se limpió con el antebrazo. Hablaron de Matanzas, de Cárdenas, de La Habana. De un tipo que le decían el Gallo en Cárdenas, que tenía una fonda y no le pagaba a nadie. De la playa Santa Lucía, que el blanco había visto una vez, hacía diez años, con una mujer cuyo nombre ya no recordaba.

El sol caía. La sombra de la sombrilla de guano se achicaba. El blanco se movió para no quemarse el hombro.

Y entonces apareció ella.

Venía por el sendero de tierra, entre el manglar y el ranchón, caminando con un paso rápido, casi bailado, como si el cuerpo le pesara menos de lo que era. Una muchacha. Treinta años o cincuenta, quién sabe. El pelo recogido en un moño deshecho, con mechones pegados a la frente. Una blusa que fue de flores y ahora era de mugre, abierta hasta el esternón. Un short de jean deshilachado, roto en la entrepierna. Los pies descalzos, negros de tierra. Un rasguño largo en la pantorrilla, ya seco. Olía a sudor viejo, a ron, a calle.

Pero sonreía. Sonreía con todos los dientes, que no eran todos, y los ojos le brillaban de una alegría que no encajaba con nada de lo que llevaba puesto.

—¡Reynaldo! ¡Coño, el flaco!

El mulato levantó la cabeza. Parpadeó. Sonrió también, una sonrisa lenta, cansada, pero sonrisa.

—Mira quién apareció.

Ella se acercó. Le puso una mano en la cara, le revolvió el pelo. Él le agarró la muñeca un segundo, se la soltó. Se conocían. Se conocían de una manera que no necesitaba explicación. De botellas compartidas en un portal. De noches en un cuarto prestado, o en un banco, o contra una pared. Sexo sucio, sin sábanas, sin agua, sin ganas casi. Dos cuerpos oliendo a ron y a sudor de tres días, moviéndose por inercia, por costumbre, porque el hambre no deja ni eso pero el cuerpo insiste, terco, animal. Follar como quien se rasca una picadura. Sin ternura. Sin después. Un jadeo, un empujón, y a dormir boca arriba mirando el techo con la botella al lado.

Ella miró al blanco. Lo miró al mulato. Extendió la mano, abierta.

—Dame un trago. El mío.

El mulato le pasó la botella. Ella la agarró, se la llevó a la boca y bebió un trago largo, con la cabeza echada atrás, un hilo de ron corriéndole por la comisura hasta el cuello. Se limpió con el dorso de la mano. Hizo una mueca.

—Ah, coño. Qué malo está esto.

—Es lo que hay —dijo el mulato.

Se volvió hacia el blanco. Le puso una mano en el hombro.

—Esta es la mía. La mejor.

El blanco asintió. Le hizo un gesto con la cabeza a ella. Ella le devolvió una sonrisa amplia, desdentada, sin un gramo de vergüenza.

Se sentó entre los dos. En el suelo, en la tierra, con la espalda contra el bloque de cemento. Se estiró las piernas, cruzó los tobillos, se rascó una rodilla. Cogió la botella del suelo y bebió otro trago.

—¿De qué hablaban?

—De la vida —dijo el blanco.

—De la vida —repitió el mulato.

—Ah, la vida. Buen tema. —Bebió—. Yo vengo de recoger botellas por la terminal. Una bolsa entera. Me pagaron cuatro pesos. Cuatro. Me da pa' un trago y pa' una galleta.

—A nosotros nos pagaron una mierda también.

—Siempre pagan una mierda.

Se quedaron callados un segundo. El agua lamiendo la orilla. El olor a manglar. Una gaviota chilló lejos.

Y entonces, sin que nadie supiera cómo, estaban hablando los tres. Del Gallo de Cárdenas, que ella también conocía. De un pueblo cerca de Colón donde había una fiesta patronal y se acabó el ron a las diez de la noche. De una casa en la calle Milanés donde vivía una vieja que regalaba café pero te miraba como si le fueras a robar. De la playa de Varadero, que ninguno de los tres había pisado en años pero que estaba ahí, a veinte kilómetros, llena de turistas.

—Yo una vez me metí en Varadero —dijo ella—. De noche. Me bañé en pelota. Un guardia me vio y me dijo que me fuera. Le dije que me iba, pero que me dejara terminar el cigarro.

—¿Y?

—Me dejó. Me fumé el cigarro entera, en pelota, con el agua hasta las tetas. Y me fui.

Se rieron. Los tres. Una risa que les salió del pecho, ronca, con tos. El mulato se atragantó con el trago. El blanco se golpeó el muslo. Ella se limpió una lágrima de la risa con la mano sucia.

Dos minutos. Llevaban dos minutos los tres juntos y ya hablaban como si se conocieran de toda la vida. Como si siempre hubieran estado ahí, bajo la sombrilla de guano, con la botella pasando de mano en mano y la bahía quieta y verde y oliendo a podredumbre. Como si el mundo fuera eso y nada más. Tres personas sucias, hambrientas, borrachas a medias, sentadas en la tierra, contándose nada.

El sol se puso naranja sobre el puente de la Concordia. La sombra del guano se volvió larga. Ella se recostó contra el bloque, entre los dos hombres, con la botella en el regazo.

—Oye, Reynaldo.

—Dime.

—¿Tú tienes pa' una pizza después?

El mulato se palpó los bolsillos. Sacó unas monedas.

—Pa' una. Si acaso.

—Pues pa' una. Con la salsa esa aguada.

—Con la salsa esa aguada —dijo el blanco.

Ella le pasó la botella al mulato. El mulato bebió. Se la pasó al blanco. El blanco bebió. Se la pasó a ella. Ella bebió.

Ninguno miró el reloj. Ninguno tenía adónde ir.

La bahía seguía quieta. El bote volcado seguía volcado. El manglar seguía oliendo a podredumbre. Y ellos seguían ahí, hablando de nada, bebiendo de la misma botella, con las manos sucias y el estómago vacío y una alegría pequeña, absurda, que no le debían a nadie.


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