El Boa

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El Boa
Esta historia la escuché de boca de mi padre. Siempre me contaba cosas de su juventud, de su Matanzas de siempre. De los personajes que la habitaban y habitan. La ciudad de Matanzas siempre tuvo, entre sus encantos, algunos personajes célebres, no ya por su talento o sus habilidades en el deporte o las artes, sino también gente sencilla, del pueblo, que se hacían conocer por todos, ya sea por alguna habilidad personal, su carisma o alguna peculiaridad que lo hacía singular entre las personas. También los hubo que se hicieron famosos de forma negativa o por su habilidad para embaucar a los demás. Uno de estos últimos era El Boa.
Como dije, esta historia me la contó, de manera muy sencilla, mi padre. Le he estampado un poco mi manera de contar las cosas, pero la esencia es la misma.
Nadie recordaba ya su nombre de pila. Era El Boa, y con eso bastaba. No por bravucón ni por malo, sino porque aquel hombre grande y lento, de movimientos tan pausados que parecía dormido, tenía la virtud de la serpiente: esperaba, callaba, y cuando menos lo esperabas ya te había envuelto en su abrazo mortal. El Boa acostumbraba a “Colgar el Bicho”, el juego de azar que era una variante de la bolita o charada en el cual cada número era representado por un animal y que consistía en que el banquero tapaba uno de los animales con un pañuelo y lo colocaba en lugar visible para todos los jugadores, quienes apostaban la cantidad que estimaran oportuna al número de su elección. El juego era ilegal y, por lo tanto, perseguido vigorosamente por las autoridades.
Aquella tarde, el Boa se dispuso a realizar su labor diaria y preparó diligentemente el juego en la sala de su casa. Uno a uno fueron llegando los apostadores. Todo estaba listo, el Boa había “colgado el Bicho”, las personas comenzaban a apostar, unos tímidamente, otros como si en ello les fuera la vida. De repente, por una de las ventanas de la casa entró revoloteando con gran algarabía una paloma, haciendo círculos alrededor de todos los presentes, como buscando desesperada una vía de escape, hasta que logró salir con la misma velocidad con que había entrado, mientras los presentes, luego del susto inicial, vieron en aquello una señal inequívoca y todos tuvieron el mismo pensamiento a la vez: “Paloma, ¡coño, El 24!” e inmediatamente comenzaron a apostar fuertes sumas a este número. El Boa observó aquello con horror, recordando que, efectivamente, el “bicho tapao” era precisamente el inteligente animalito.
Pero el Boa no se inmutó, de inmediato recobró la mesura y comenzó de inmediato a maquinar la manera de salir de aquel atolladero, que supondría su ruina total. Se mesó la barbilla, metió las manos en los bolsillos y haciendo gala de su habitual parsimonia, conminó a los presentes: “Sigan, sigan jugando ahí, vengo ahora para acá”. Con paso lento se dirigió a uno de los cuartos de la casa, donde tenía instalado un teléfono. El Boa se acercó al aparato, mientras de reojo vigilaba a sus “clientes” en la sala, para asegurarse de que no lo seguía ninguno. Tomó el aparato y marcó un número conocido. Al levantarse el auricular del otro lado, el Boa dijo:

-¿Aló? ¿La policía? Mire, yo llamo para denunciar que El Boa tiene colgao el Bicho en su casa. Si vienen rápido, los cogen a tos mansitos-.
Dio la dirección exacta y colgó. A los pocos minutos, con mucho alboroto, arribó a la casa un carro patrullero. Nadie pudo protestar, habían sido cogidos con las manos en la masa.
La patrulla se llevó el dinero y procedió a trasladarlos a la Unidad más próxima. Como eran muchos, tenían que ir a pie. Los hombres y mujeres salieron en fila, cabizbajos, precedidos por un policía que contaba los pasos como si fueran presos. El Boa cerró la puerta de su casa con llave y se unió a la comitiva, rezagado desde el principio, como era su costumbre. Caminaba despacio. Nadie lo esperaba.
A los pocos metros, el grupo ya le llevaba ventaja. El Boa sintió el peso de las manos vacías en los bolsillos, el alivio silencioso de no deberle nada a nadie. Miró de reojo la esquina. La calle estaba desierta, la luz de la tarde cayendo a plomo sobre el asfalto. El policía de atrás iba distraído, mirando hacia los lados, contando mentalmente otra cosa.
El Boa aminoró aún más el paso.
No aceleró, no corrió. Simplemente dejó de avanzar. Cuando el grupo dobló la calle, él ya había doblado también, pero hacia adentro, hacia el portal de una casa que no era la suya, hacia la sombra de un almendro. Se quedó quieto. El ruido de las voces se fue alejando.
Esperó. Contó hasta cien, como cuando las cartas no le salían y había que tener paciencia. Luego regresó a su casa, abrió la puerta y se sentó en la sala vacía. Sobre la mesa, el bicho destapado seguía allí: una paloma de madera, quieta, mirándolo.
El Boa la tomó entre sus manos grandes, le dio la vuelta y la puso boca abajo.

-24 - dijo en voz baja, y sonrió satisfecho.

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