El domingo se acabó el arroz.
No se acabó de golpe. El arroz tiene esa manera cruel de desaparecer poco a poco, como si quisiera que uno se fuera preparando psicológicamente. Primero queda un puñado en el fondo del saco. Después uno empieza a medirlo con una precisión que ya quisieran algunos científicos. Finalmente, llega el momento de mirar el recipiente vacío y aceptar que la matemática no tiene sentimientos.
Salí temprano con el niño a buscar dónde comprar.
En Cuba, el efectivo se ha convertido en una especie de animal mitológico. Todo el mundo habla de él, algunos aseguran haberlo visto, pero encontrarlo es otra historia. Y si uno tiene dinero en el teléfono, tampoco es que pueda salir a comprar tranquilamente. Hay que localizar un lugar que acepte transferencia, que tenga mercancía y que no haya agotado el límite de dinero que está dispuesto a recibir.
Después de recorrer medio barrio, encontramos un kiosco donde aceptaban hasta mil pesos.
Mil pesos.
Una fortuna si uno no tiene nada. Una miseria si tiene que comprar algo.
Pedí el último turno y nos sentamos a esperar.
Como siempre.
El niño me pidió el teléfono.
—Papá, ¿me dejas jugar?
—Ahora no, mi amor. Hay que ahorrar carga.
La carga del teléfono también es un recurso estratégico. No se gasta en cualquier cosa. El teléfono sirve para pagar, comunicarse, resolver problemas y, cuando queda algo de batería, para entretener a un niño de cuatro años que todavía no comprende por qué un aparato puede tener juegos, música y dibujos animados, pero no puede usarse cuando uno quiere.
La electricidad es poca. El efectivo es poco. La paciencia también empieza a cotizarse por gramos.
A lo lejos, en uno de los extremos de la bahía, se distinguía la termoeléctrica.
Su humo, o la ausencia de él, es uno de los temas cotidianos de la ciudad. Hay personas que miran el cielo para saber si va a llover. Nosotros miramos la termoeléctrica para saber si vamos a poder cocinar, cargar el teléfono o simplemente encender un ventilador sin sentir que estamos cometiendo un delito energético.
La cola avanzaba con la velocidad de un entierro sin caballo.
Entonces ocurrió.
Una anciana se desplomó.
Al principio hubo un silencio breve, de esos que duran lo suficiente para que todos comprendan que algo serio está pasando. Después algunos corrimos a ayudarla. Otros se acercaron. Alguien buscó agua. Una mujer empezó a abanicarla.
Y, por supuesto, hubo quien se quedó vigilando la cola.
Porque en Cuba hasta una emergencia médica tiene que competir con el miedo a perder el turno.
La señora había salido sin desayunar. El calor, la espera y quién sabe cuántas preocupaciones acumuladas le habían pasado factura.
Un hombre le dio agua. Otra mujer la llamó para ofrecerle algo de comer. Poco a poco fue recuperándose.
En medio de tanta dificultad, la miseria humana florece con una facilidad asombrosa. Pero también florece otra cosa, menos abundante y mucho más necesaria: la gente que todavía se preocupa por los demás.
Mi niño se asustó.
Tuve que explicarle lo que había pasado de la manera más sencilla posible.
—Se cayó, mi amor. Se hizo una yaya.
No podía decirle que una persona puede salir de su casa sin comer, caminar bajo el sol, hacer una cola interminable para comprar comida y terminar desmayada porque el cuerpo, a diferencia de los discursos, tiene límites.
A sus cuatro años, todavía no sabe de transferencias, inflación, escasez de efectivo ni de las maravillas de una economía donde uno puede tener dinero y no poder comprar con él.
Aunque a veces me pregunta:
—Papá, ¿tienes dinero para comprarme una paletica?
Y esa pregunta sí que tiene una capacidad extraordinaria para dejarme sin argumentos.
La cola se normalizó.
La señora se recuperó. Los turnos volvieron a ordenarse. La vida, que tiene una manera bastante desagradable de continuar incluso cuando uno quisiera detenerla un momento, siguió su curso.
Compramos el arroz.
Dos libras.
Dos libras para dos días de comida, si las administrábamos bien. Con mil pesos no se puede hacer mucho más. Tampoco se puede exigir demasiado a mil pesos. Bastante hacen con presentarse en público sin pedir ayuda psicológica.
Le entregué al niño la pequeña mochila con las dos libras.
Se puso contentísimo.
La cargó como si llevara un tesoro. Caminaba orgulloso, ayudando a papá con la compra. No hizo siquiera el intento de desviarse hacia el lugar donde vendían paleticas.
Lo observé mientras caminaba.
Quizás, dentro de su pequeña cabeza, algo empieza a encajar. Quizás va descubriendo que hay días en que no se puede comprar todo lo que uno quiere. Que papá a veces dice que no, no porque no quiera, sino porque no alcanza.
Y eso me dolió más que el precio del arroz.
No quiero que aprenda demasiado pronto esas cosas. Quiero que su preocupación más grande sea elegir un helado de chocolate o de fresa. Que pueda pedir una paletica sin que yo tenga que revisar mentalmente el saldo del teléfono, el dinero de la casa y los días que faltan para cobrar.
Pero los niños aprenden incluso cuando uno no les enseña.
Seguimos caminando.
La mochila pesaba poco. Dos libras no pesan demasiado. Lo que pesa es todo lo que hay detrás de ellas.
Volví a mirar la termoeléctrica. El humo seguía allí, o quizás era una nube que se le parecía. En esta ciudad uno termina aprendiendo a interpretar señales hasta en el aire.
Me pregunté cuántos días más duraría aquello.
Cuántas colas. Cuántas transferencias. Cuántas mañanas saliendo temprano a buscar lo que debería ser tan normal como comprar pan.
Y, sobre todo, cuánto tiempo más tendría que durar el arroz.
Porque el arroz, al menos, tiene la decencia de acabarse de una manera predecible.
La paciencia no.
Y mientras mi hijo caminaba feliz con sus dos libras a la espalda, yo seguía mirando el humo de la termoeléctrica, esperando que durara más que nuestra comida.
Por una vez, no pedía demasiado.
Solo que la electricidad aguantara.
Que el arroz alcanzara.
Y que mi hijo pudiera seguir siendo niño un poquito más.
📸Fotograia : tirada con mi teléfono celular